Tengo miedo

Maritza Espinoza
26 Feb 2020 | 3:19 h

Nunca me quise ir de mi país, ni en los peores años del terrorismo, ni durante la hiperinflación alanista ni, menos, en la dictadura fujimontesinista. No soñé con otros aires ni siquiera cuando se destapó el vertedero de Odebrecht y toda la clase política –izquierda, derecha, centro– se sumergió alegremente en el carnaval de la corruptela. Aguanto con gesto paciente el tráfico infernal que consume vidas, la burocracia que sanguijuelea nuestros impuestos, los pésimos servicios indignos de un ser humano.

Nunca, repito, quise irme. Respeto la decisión de quienes sí lo hicieron, pero siempre me pareció que –por lo menos para mí– merecía la pena luchar desde aquí y aguantar un poquito más, que para que cambie esto tenía que estar en la trinchera.

Lo que ha pasado hoy con el Tribunal Constitucional me ha hecho revisarlo. Y no porque haga chongo por la suerte de unos animales (que también lo hago), sino porque ahora sentí que los peruanos somos todos rehenes de gente sin entraña, sin bandera, sin conciencia e hipotecada a intereses subalternos. Y esa es la gente que está en la cima de las decisiones de la justicia y que ha decidido que está bien la tortura, porque más vale una supuesta tradición que no sirve para nada que evitar el sufrimiento y la muerte de otro ser vivo. Mañana podrían justificar la pena de muerte, si alguien con dinero y/o con poder los “convence” de que hay que hacerlo. Y lo harán así marches con pancartas o votes en contra en mil referendos.

No sé ustedes, pero ahora no me siento segura en mi país. Tengo miedo. Tanto miedo como debe sentir ese inmenso e indefenso monstruo que no entenderá jamás por qué le hincan el lomo y luego lo apuñalan hasta matarlo.