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Viñetas miraflorinas de gente decente

“Aunada a la impunidad hoy los blancos pueden ser unos callejoneros, siguen evadiendo las normas pero perdieron estilo”

La Republica
Maruja Barrig

Un siglo atrás, en Cusco, la élite local dividió a la población en indios, mestizos y gente decente. ¿Cómo sino podría distinguirse de indígenas y vendedoras del mercado si eran fenotípicamente semejantes? En su investigación sobre raza y cultura en el Cusco de 1920, la antropóloga Marisol de la Cadena reconstruyó el desplazamiento del criterio racial hacia categorías definidas en términos morales y culturales. Para los dueños de la región, parecía insoportable la idea de ser confundidos con arrieros o peor aún, con las vociferantes mestizas de chicherías y mercados.

Era una clase dirigente blanca, y así quedó registrada en los censos regionales de inicios del siglo pasado. Esta prerrogativa no se había construido sobre características raciales sino sobre dos entramados: la educación superior, ostentada por ellos, y la cuna, el gran- e intransferible- capital simbólico. Un deslinde clave porque, según De la Cadena, en ese tiempo comenzaron a emerger mestizos igualados que podrían haber ido a la universidad, pero no tenían “clase”.

La gente decente, como se autodefinía, debía exhibir una serie de rasgos: los hombres eran moralmente solventes, contenidos y sin exabruptos; las mujeres discretas, recatadas y pías. Esto último, sugiere De la Cadena, en contraste con las vendedoras de la plaza que solían movilizarse en la ciudad contra abusos del poder de diversa naturaleza. De ahí que un trastoque semántico descalificó a esas mestizas cusqueñas que reclamaban derechos, y las convirtió en “placeras”: un sinónimo de mujeres zafias y groseras.

Esos criterios de tipificación no fueron exclusivos de los cusqueños, ni desaparecieron el siglo pasado. La gente decente fue sinónimo de persona blanca y perteneciente a una elite educada, con privilegios pero sobre todo, elegante en sus formas. Y se mantuvo el apelativo de placera (siempre mujeres, igual que “callejonera”), para calificar a la vulgar y gritona, aunque no vendiera en el mercado. Un ejemplo: el senador de los 80 Manuel Ulloa Elías y su estilo señorial gestionando sus intereses particulares en el hemiciclo, versus la congresista fujimorista Ester Saavedra que, en el debate de la cuestión de confianza, aseguró estar ahí “por su plata”, y si alguien quería pelea, se encontrarían en la calle1.

Estas categorías dejaron de ser estáticas. Aunada a la impunidad -la peor herencia que nos dejó el fujimorismo- hoy los blancos pueden ser unos callejoneros, siguen evadiendo las normas pero perdieron estilo. Tres viñetas miraflorinas:

Jovencísima blanca en camionetón dorado -que debe costar más que cinco depas del programa Renta Joven- bloquea el cruce peatonal de calle Trípoli. Disculpa, estás estacionada sobre la línea amarilla y cierras el paso de las sillas de discapacitados. ¿Discapacitados? ¿Dónde están? No los veo. Ándate a la mierda, vieja loca. Calle Jorge Chávez: pasa veloz y por la vereda un blanquísimo joven en su bicicleta. Me hago a un lado para que no me atropelle. Disculpa, hay una ordenanza municipal. No puedes manejar por acá. Se detiene. Se saca los audífonos. ¿Qué dice? Nuevamente explicación. Hay una ciclovía. Vete a la mierda, yo no voy por la ciclovía. Óvalo Bolognesi: camionetón (otro) mal estacionado obstruye la vereda. Disculpa. Estás cerrando el paso con tu camioneta. Y qué. Se encoge de hombros. Yo hago lo que me da la gana. Tuve que agradecer que no me soltara una lisura.