Columna de Patricio Quintanilla

“Todo tiempo pasado fue mejor”

Los alcaldes en Arequipa eran designados, no elegidos, no percibían ninguna remuneración e hicieron grandes obras

La República
18 Ago 2019 | 14:57 h

Patricio Quintanilla Paulet

Rector U. La Salle

Esta frase corresponde a Jorge Manrique, político y escritor español del Siglo XV, en sus Coplas escritas con motivo de la muerte de su padre. Sin duda es discutible y tiene un alto contenido de subjetividad, pero al cerrar la semana de Arequipa me vino a la mente.

Arequipa hace 50 años

Era una ciudad pequeña, con una población que no llegaba a los 300 000 habitantes, la tercera parte que hoy, donde el tantas veces nombrado y cantado “eterno cielo azul” era una realidad que los arequipeños de entonces podían contemplar orgullosos, al igual que la campiña que se mostraba a los visitantes.

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El transporte público estaba basado en el tranvía eléctrico, que con sus varias rutas cubría una parte importante de la ciudad de entonces, no generando ningún tipo de contaminación, por su fuente limpia de energía; además se contaba con empresas de ómnibus que conectaban el centro con diferentes barrios y distritos, identificados con un color diferente, los pasajeros de pie eran muy pocos y se entregaba un boleto por el precio del servicio. El tránsito era ordenado y se podía respirar sin temor a las enfermedades y alergias de hoy.

Como consecuencia de los terremotos que afectaron la ciudad en los años 1958 y 1960, se crea la Junta de Rehabilitación y Desarrollo de Arequipa (JRDA), conformada por 12 personas, de las cuales cinco eran designadas por el Poder Ejecutivo y los otros vecinos notables, que no percibían ninguna remuneración y que realmente trabajaban por el bienestar de la ciudad. Esta institución generó proyectos muy importantes como la fábrica de cemento Yura, el Parque Industrial de Arequipa, la Deshidratadora de Alimentos de Arequipa, que por el cambio tecnológico posteriormente desapareció.

Los alcaldes de la ciudad eran designados, no elegidos, no percibían ninguna remuneración e hicieron grandes obras; sólo por mencionar algunos, tuvimos a José Luis Velarde Soto, René Forga Sanmarti, Guillermo Lira Harmsen, entre otros, actualmente ya fallecidos; igualmente eran vecinos notables.

La estructura empresarial era limitada pero suficiente y estaba integrada por pequeñas y medianas empresas, de familias locales, en que los dueños estaban directamente en la gestión; casi todas ellas han desaparecido por la globalización y la aparición de grupos empresariales foráneos, nacionales y extranjeros.

En el campo educativo, el Colegio Nacional de la Independencia Americana era el más emblemático, además de algunos colegios privados como La Salle, San José, Sophianum, Sagrados Corazones, entre otros de igual importancia. En educación superior estaba la Universidad Nacional del Gran Padre San Agustín, antigua y de gran prestigio, y la nueva Universidad Católica de Santa María; ambas locales.

Es imposible regresar a las condiciones de esos tiempos, pero todos los que vivimos en esta ciudad debemos hacer todo lo posible por mejorar la calidad de vida de sus habitantes, en la medida que esté a nuestro alcance.

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