La deuda del psicoanálisis con los grupos LGTBI

“Las disculpas no son protocolares. Son pasos indispensables para la integración de personas injustamente marginadas y violentadas”

Jorge Bruce
1 07 2019 | 05:16h

En casa del herrero, cuchillo de palo. Tan tarde como el pasado mes de junio, la Asociación Psicoanalítica Americana (APsaA) pidió disculpas por haber tratado la homosexualidad como una enfermedad, contribuyendo de esta manera a la discriminación y causando efectos traumáticos contra los grupos LGTBI. La agencia de noticias Reuters afirma que podría ser la primera organización de salud mental en los EEUU que difunde disculpas públicas de esa naturaleza. Pese a que los psiquiatras desclasificaron a la homosexualidad como una enfermedad mental en 1973 (debido a las protestas vinculadas a la brutal intervención policial de Stonewall), y los psicoanalistas estadounidenses lo hicieron 20 años después, nadie había pedido perdón públicamente por los daños causados, no solo a los homosexuales, sino a todos los integrantes de la comunidad LGTBI.

“Hace tiempo debimos haberlo hecho”, afirmó el influyente psicoanalista Lee Jaffe, presidente de APsaA. “Lo sentimos”. Fue durante la inauguración del 109 congreso de la asociación. La policía de Nueva York lo acababa de hacer, en relación con el aniversario 50 de Stonewall. Sin olvidar, como lo recordó estos días la congresista Marisa Glave, que las personas trans son las más afectadas.

Las disculpas como la citada no son protocolares. Son pasos indispensables para la integración de personas injustamente marginadas y violentadas, a fin de que sus derechos sean plenamente reconocidos y respetados. La salud mental ha sido una de las armas esgrimidas para esta violenta exclusión. Las terapias de “heterosexualización”, que todavía se promueven, han sido instrumentales en esa discriminación salvaje. Las organizaciones psicoanalíticas lo han hecho y, acaso, muchos colegas siguen pensando en voz baja lo mismo que antes. Que la heterosexualidad es lo “normal”. Que esto lo diga un legislador como Becerril o el pastor Rozas, no sorprende. Ese machismo ramplón y homofóbico es, además, funcional a los intereses políticos del fujiaprismo, que encuentra en grupos como CMHNTM sus aliados en el ultraconservadurismo que alimenta su poder.

Pero los profesionales de la salud mental tenemos que reconocer que hemos sido parte, por acción u omisión, de esa barrera contra los derechos humanos de todos. Foucault encontraría muy divertido que la policía y los psicoanalistas se estén disculpando en público por lo que él denunció en Vigilar y Castigar (1975). Los psicoanalistas no solo hemos sido partícipes de esta inicua y cruel discriminación por haber suscrito, mal que bien, esas teorías acerca de la genitalidad (en donde todo lo que no sea heterosexual era considerado pregenital, es decir, un estancamiento en el desarrollo psicosexual). Esto significó que no se aceptaran candidatos homosexuales, mucho menos trans, para formarse como psicoanalistas. Aún hoy se practica sotto voce, siguiendo la política del don’t ask, don’t tell (no preguntes, no digas). Esas disculpas son ineludibles, pero lo esencial es que contribuyan a poner en práctica políticas públicas que prohíban a las organizaciones de salud mental ser parte de la violencia contra los LGTBI.

“La homosexualidad seguramente no es ninguna ventaja, pero no hay nada de qué avergonzarse, no es un vicio ni una degradación ni mucho menos una enfermedad”. Freud, 1935, carta a la madre de un homosexual.

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