Los humos en el valle de Tambo y estudios de la Unsa en Arequipa

LEYENDA. ¿Hizo la Unsa estudios para determinar la contaminación proveniente de la fundación de Ilo? ¿Recibió donaciones de la minera esta casa de estudios para encubrir los resultados de un problema ambiental? Este diario localizó a algunos actores de esa época, que dan una aproximación a la verdad perdida en la nebulosa del tiempo.

La República
h

Por: Juan Carlos Soto

¿Mito, verdad o media verdad? Lo real es que quienes denunciaron a Southern Perú de contaminar el valle de Tambo en el siglo pasado con los humos de la fundición de Ilo también culpan a la Universidad Nacional de San Agustín (Unsa). La señalan de negociar los resultados de investigaciones que confirmaban el daño ambiental en la agricultura de Islay-Arequipa. Gracias a este supuesto favor, la empresa minera financió la construcción de algunas escuelas profesionales.

La República, semanas atrás, localizó a Jaime Fuse Fernández Dávila, uno de los científicos que hizo varios estudios sobre la contaminación en el valle costero. Con 85 años a cuestas, el investigador ya está retirado a sus cuarteles de invierno. En la década del sesenta del siglo pasado, formaba parte de la sección de Meteorología del Instituto Geofísico de dicha casa de estudios.

PUEDES VER: Gobierno daría luz verde a Tía María pese a resistencias

Los sembradores de caña de Chucarapi y Pampa Blanca recurrieron a él cuando sus cañaverales perdieron dulzura. Los daños coincidieron con el funcionamiento de la fundición de Ilo. Dicha planta procesaba el cobre proveniente de la sierra tacneña y, a través de cuatro chimeneas, lanzaba toneladas de dióxido de azufre (SO2) y material particulado. Los denunciantes sostenían que las emisiones eran arrastradas por los vientos a Tambo y necrosaban los cultivos.

Los Lira Harmsen y López de Romaña, dueños de los ingenios azucareros, solicitaron a la Unsa un estudio. Fuse Fernández Dávila hizo dos monitoreos en 1966 para los cañeros de Tambo y en 1969-1970 a solicitud de la comisión de alto nivel, conformada por el gobierno para cuantificar los daños ambientales de esta compañía, cuyos accionistas mayoritarios eran norteamericanos. El estudio medía los valores de turbidez provocados por la presencia del SO2 y que afectaba la radiación solar.

Este medio obtuvo las conclusiones del trabajo de 1969-1970. Algunas de ellas son interesantes. Entre el 5 y 23 de diciembre, el pirheliométrico tipo linke Feussner registró bajos niveles de turbiedad, la atmósfera limpia de SO2, casualmente en ese periodo la fundición suspendió sus operaciones por huelga de los trabajadores. Sin embargo, el coeficiente se disparó casi a 200 con la planta en pleno funcionamiento.

Fuse recuerda que el primer estudio que advertía la turbiedad desató conflicto interno en la Unsa. No quisieron dárselo a los cañeros. La razón, la casa de estudios recibía una cooperación económica de una institución ligada a Southern. Fuse admite que lo amenazaron: “Doctor, si usted publica esos estudios se atiene a las consecuencias”, le dijo una de estas autoridades agustinas. Después del tira y jale, las conclusiones se entregaron a los cañeros pero por una fuerte suma de dinero, recuerda Fuse, quien, reivindicando su herencia japonesa, es muy reservado, prefiere no dar nombres de quienes pretendían congraciarse en la Unsa con la empresa minera. ¿Cree que hubo arreglos bajo la mesa? Responde que no está en condiciones de señalar ello.

PUEDES VER: Tía María: ¿conseguirá la licencia social de Tambo?

Fuse se retiró de la universidad en 1987. Sin embargo, recibió una llamada telefónica de Juan Manuel Guillén Benavides, en ese entonces rector de la Unsa, quien le confió un nuevo estudio. En esa década, los reclamos contra Southern tenían de cabeza visible al agricultor Carlos Guillén Carrera; este en forma insistente demandó a la Unsa comprobar si los cultivos se malograban por los humos. Se formó un equipo, sin embargo, nunca llevaron al campo la investigación debido a un accidente de Fuse; este cayó a la piscina y sufrió la fractura de la cadera. Estuvo casi un año inválido. Cuando se repuso, los integrantes de todo su equipo de trabajo se habían dispersado. 

Pero él quiso quitarse el clavo e hizo un estudio de lo que se podía esperar basado en las condiciones geofísicas e industriales. No era instrumental, sino teórico, concluía que las condiciones no eran favorables para la contaminación en el valle de Tambo. En este trabajo teórico, se determinó que los vientos soplaban de norte a sur y se llevaban los humos al valle de Ilo y no de Tambo. ¿Eso no contradice su tesis inicial del alto grado de turbidez con SO2?, le preguntamos a Fuse. Él responde que había SO2 en el ambiente, pero probablemente no en las cantidades suficientes para provocar una intoxicación en la agricultura, aunque esta versión se contradice con otros estudios de Ingemmet. Estos determinaban concentraciones de S02 promedio más altas en el valle de Tambo (0,060 ppm y 0,083 ppm), en las estaciones ubicadas en la margen derecha del río (La Curva) y en el extremo sur del valle. Valores por encima del parámetro internacional.

La donación

En los 70, los estudiantes de ingeniería Metalúrgica estudiaban en barracas. Eso lo sabían egresados agustinos que trabajaban como funcionarios y trabajadores de Southern Perú. La República localizó a uno de esos exestudiantes que recuerda un viaje a Ilo, a las instalaciones de la minera, donde se abordó este tema. Confirmó que el sindicato hizo la donación, ellos ayudaron con dos pabellones. Otro egresado no tiene claro si también intervino la minera. Todo donativo debe registrarse. Este medio hizo la consulta a las actuales autoridades universitarias a través de sus voceros. Se limitaron a decir que sobre ello no existían documentos oficiales. El exrector de la Unsa, Juan Manuel Guillén, tampoco ha querido hacer comentarios sobre el tema.