La maldición de Odebrecht

Roberto Ochoa
24 04 2019 | 01:00h

Los culpables van a pagar y será el chullachaqui el encargado de la venganza...

Tuve una visión que la ayahuasca convirtió en dolor por todo mi cuerpo: una urbe repleta de colonos que semejaba una llaga arrasando el bosque. Vi un río de asfalto que se comía arboles centenarios. Vi cómo la lupuna perdió su pancita cuando se la llevaba el camión. Vi el derrumbe de shihuahuacos y la fuga de los temibles chullachaqui que se esparcieron por el mundo para castigar a los culpables...

El apu-shamán me dijo que esa visión era lo que provocaría la carretera que se estaba construyendo en medio de la selva de Madre de Dios. Pero me dijo más: esa vía de asfalto sólo traerá horror y muerte en la Amazonía. El mismo horror y muerte que los bandeirantes trajeron cuando se esparcieron por la selva peruana. “Sólo que ahora vienen con su propia carretera. Los culpables van a pagar y será el chullachaqui el encargado de la venganza”, sentenció.

Esta sesión de ayahuasca fue a fines de los años 90, cuando faltaban pocos años para que se acaben el siglo y el milenio. La sesión duró tres días, previo ayuno y limpieza.

Años después, al otro lado de la frontera, en los antiguos territorios peruanos que los brasileños bautizaron Acre, los camioneros locales me aseguraron que esa vía era inútil. “No es negocio transitar por ahí, el negocio es de los constructores”.

El tiempo les dio la razón. La carretera Interoceánica sólo sirvió para esparcir colonos extractores de oro fluvial, taladores ilegales y narcotraficantes.

Pero la venganza del chullachaqui se está cumpliendo.

Video Recomendado