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Carlos Castillo: A ti te digo “levántate”

La Republica
Maritza Espinoza

Desde que fue ordenado arzobispo de Lima, ha marcado un estilo diametralmente opuesto al de su antecesor y ayer lo vimos lavando los pies de las víctimas de violencia de género, entre ellas Arlette Contreras.

Su nombramiento fue tan inesperado que todavía ahora, casi dos meses después de su ordenación como arzobispo de Lima, hay quienes no se acostumbran a su estilo. Es que, si existe alguien totalmente distinto a su antecesor, Juan Luis Cipriani, es Carlos Castillo Mattasoglio. Mientras aquel pertenecía a la poderosa prelatura del Opus Dei, él era un sencillo sacerdote diocesano. Mientras aquel hizo carrera jerárquica (fue arzobispo de Ayacucho, nada menos), él ha sido párroco en modestos distritos. Mientras aquel tenía grandes relaciones con el poder político y económico, él abraza el ideal de una iglesia para pobres y marginados.

Castillo Mattasoglio nació hace 69 años. Su padre, lambayecano, migró a Lima tras los destrozos de las lluvias de 1925, producto de uno de los peores fenómenos El Niño que se recuerden. En Lima, se hizo oficial de policía y fundó familia en el distrito de Lince. El pequeño Carlos era el último de siete hermanos: Augusto, el mayor; Jorge, ya fallecido; Ismael, asesinado por terroristas en 1965; y las tres mujeres: Carmela, Frida y Angélica.

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Fue un niño normal en el seno de una familia muy católica. Nada hacía presagiar su vocación religiosa. “En esa época, no lo notamos. Él descubre su vocación en una época posterior, ya en el momento que se presenta a la universidad”, cuenta su hermano Augusto, ingeniero y ex teniente alcalde de la Municipalidad de Lince.

Aunque, por la distancia de edades y porque él se quedaba en Lima estudiando mientras su padre llevaba a sus hermanos menores al norte, no compartieron demasiadas experiencias, Augusto recuerda al más pequeño de sus hermanos como alguien muy perseverante y estudioso. “Él postuló a San Marcos una vez y no ingresó. Pudo haberse ido a cualquier universidad, pero él insistió hasta que lo logró”, cuenta con cierto dejo de orgullo filial.

Cuando manifestó su deseo de ser sacerdote, su familia lo apoyó, pero también se resignó a perderlo físicamente. “El cardenal (Juan) Landázuri era muy amigo nuestro y le dijo: ‘Es mejor que te vayas. Yo te voy a mandar a estudiar a Roma’”, cuenta Augusto, quien luego viajaría a visitarlo junto a su esposa, Marjorie. Landázuri, como Gustavo Gutiérrez, fue la gran influencia de su vida religiosa y lo apoyó mucho durante su largo período de formación sacerdotal. 

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Entre 1979 y 1987, estudió como seminarista en el Pontificio Colegio Español de San José, en Roma. Al mismo tiempo, estudió Filosofía y, luego, concluyó sus estudios de Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde, en 1987, obtuvo un doctorado en Teología Dogmática con su tesis “La conversión en la Historia de las Indias de Bartolomé de las Casas”. 

Fue ordenado diácono en la parroquia Santa Giulia di Caprona, Pisa, en 1983, y presbítero para la arquidiócesis de Lima el 15 de julio de 1984, por el propio Landázuri Ricketts. Luego vino el paso por diversos cargos e innumerables parroquias, pero nunca dejó la cátedra desde que ingresó a la Pontificia Universidad Católica a enseñar Teología. Hoy es miembro del consejo universitario. 

Desde su nombramiento, el dos de marzo pasado, la iglesia peruana ha tomado un giro radicalmente distinto, porque Castillo Mattasoglio no solo ha enfatizado su compromiso con los más pobres, sino que ha centrado su atención en las víctimas de la violencia y de los abusos sexuales en el seno del Sodalicio, algo que su predecesor prefería obviar en sus constantes prédicas. 

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El lema que ha elegido para su gobierno pastoral y que figurará en su escudo no podía ser más significativo ni evocar interpretaciones más diversas: “Tibi dico surge” (en latín, “A ti te digo levántate”). Bien podría ser una admonición a la iglesia peruana, que hasta hace poco yacía sumida en la crisis provocada por los abusos sexuales del clero y por su alejamiento de las necesidades del pueblo católico, pero también podría ser un llamado a los fieles, para que ayuden al renacimiento de nuestro país, como ha manifestado más de una vez. 

Lo cierto es que esta Semana Santa fue radicalmente diferente a las que hemos vivido en el pasado. No hubo pompas ni notables desfilando para besar el anillo del arzobispo de Lima. Más bien ayer, Jueves Santo, él lavó los pies de varias víctimas y deudos de la violencia de género, entre ellas Arlette Contreras, el padre de la pequeña Ximenita y la madre de Eyvi Ágreda. Sin duda, todo un cambio de estilo.