Con la guerra todos pierden

Redaccionlr

María Rosa Lorbés

Como dijo ya un senador norteamericano en 1919, durante la Primera Guerra Mundial: “En la guerra, la primera víctima es la verdad”. Las mentiras propias de toda guerra para maquillar la sangre son múltiples. En el caso de Siria, el presidente Al Assad dice defender la gobernabilidad. Los rebeldes sirios se levantaron contra él para exigir democracia al calor de la “primavera árabe”, después ingresaron, por razones identitarias, los kurdos, y el estado islámico, ISIS, se sumó al conflicto por sus propios objetivos. A nivel internacional, Rusia apoyó desde el inicio al régimen sirio y atacó a los grupos opositores. En seguida, EEUU consideró que debía intervenir para asistir a los rebeldes, defender “la democracia” y pararle los pies a Rusia. Una vez dado este paso, Trump pasó a afirmar que el ejército sirio había usado armas químicas, y junto con Francia y Gran Bretaña decidió ingresar a la zona de conflicto con bombardeos y misiles. Para hacer más creíbles las mentiras, con frecuencia se inventan “motivos”, como el supuesto arsenal nuclear que tiene el enemigo o las armas químicas u otros. Estos motivos siempre son suposiciones que nunca se comprueban y pasan a engrosar el paquete de mentiras que estas encierran; basta recordar el caso de Afganistán. Detrás de esos motivos se esconden las verdaderas razones que suelen ser siempre lograr mayor poder político, económico y territorial, sobre todo si cerca de la zona hay riquezas naturales por explotar. Otra de las verdades ocultas detrás de una guerra y su perdurabilidad es el millonario negocio de los fabricantes de armas que necesitan las guerras para que su industria crezca ininterrumpidamente. La guerra en Siria, a lo largo de siete años, ha dejado el siguiente saldo humano: 500.000 muertos, 6.1 millones desplazados, 1.75 millones de niños sin escuela, 4 de cada 5 personas en situación de pobreza y 13 millones que necesitan asistencia humanitaria. Por eso, ante la guerra, no podemos reducir nuestra posición a analizar quién empezó, quién mató menos o cuál fue el “motivo” real o imaginado para justificar a uno u otro lado. No a la guerra, a cualquier guerra. La guerra, como la violencia política, bien lo sabemos, nunca genera nada nuevo, solo dolor y muerte de inocentes.