Día Internacional de la Mujer: Artífices de su historia

Mujeres. Frente a la violencia, la discriminación y la falta de oportunidades, ellas decidieron conquistar su destino. Los testimonios de estas usuarias de Pensión 65 no idealizan a la mujer luchadora: revelan la urgente necesidad de generar cambios.

8 Mar 2018 | 6:10 h

Incluso en un país golpeado por el feminicidio, las violaciones, el acoso y la discriminación por género, existen historias de mujeres que, más allá de esos problemas socialmente normalizados, lograron convertirse en líderes de sus propias comunidades.

Sus experiencias, marcadas por dificultades de distinta clase, no se destacan para romantizar su lucha, sino acaso para advertir una vez más la urgente necesidad de generar cambios profundos. Ya es tiempo de hacerlo.

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Esa misma urgencia es la que hoy, 8 de marzo, motiva a miles de mujeres peruanas a tomar las calles para reclamar igualdad, un principio de convivencia social tan básico como postergado.

En el Día Internacional de la Mujer son ellas las protagonistas de su lucha, son ellas quienes alzarán la voz de protesta. Y todos los ciudadanos, en particular las autoridades, deberían escucharlas con mucha atención.

Las actividades se inician al mediodía con el 'Paro de Mujeres' frente al Ministerio de Trabajo, entidad que tiene la obligación de desarrollar políticas que favorezcan la equidad laboral y salarial.

Más tarde, a las 4:00 p.m., se realizará una marcha que partirá desde el Campo de Marte, en Jesús María, y que llegará hasta la Plaza San Martín, en el centro de la ciudad.

Las organizaciones feministas han confirmado movilizaciones en nueve regiones, entre ellas La Libertad, Arequipa, Moquegua, Piura, Apurímac, Ica, Ayacucho y Tacna.

La agenda del #8M, aunque diversa, es clara en sus objetivos: acabar con la desigualdad, la discriminación, la violencia y la impunidad.

Amelia Coronado (Edad: 68 años)

La partera del Urubamba: una mujer indígena y luchadora social

- Ucayali. Cuando era niña, Amelia soñaba con navegar en su propio peque-peque sobre las aguas del río Urubamba. Se imaginaba al mando de la embarcación rumbo a Pucallpa, donde estudiaría para ser profesora. Las obligaciones que asumió desde adolescente, sin embargo, no le permitieron cumplir ese sueño, pero tampoco la detuvieron.

Abandonada por su padre, al cuidado de su abuela, Amelia tuvo que trabajar la tierra y cosechar yucas, granadillas y sachapapas. Vendía sus productos para sobrevivir, al tiempo que aprendía el oficio que le permitió crecer.

En la comunidad asháninka de Chicosa, en el distrito de Raymondi, en la región Ucayali, Amelia Coronado Romano es conocida como “la partera del Urubamba”. Sus servicios son solicitados por familias en toda la provincia de Atalaya, e incluso en los centros de salud.

Además de partera, ella también es curandera e intérprete de la lengua de su pueblo. Su labor le permitió ser líder en su comunidad y presidenta en organizaciones sociales. En la actualidad es coordinadora de mujeres indígenas.

Amelia sabe del valor que tiene para el grupo que la rodea. “Me siento bien porque apoyo a mi comunidad curando males y haciendo partos, por eso la gente me quiere”, asegura orgullosa.

Y aunque dice sentirse satisfecha con su trabajo, es consciente de lo mucho que falta por hacer: “Nosotros somos también el Perú. No queremos que nuestros hijos se vayan lejos a buscar trabajo, sino que vivan entre nosotros, conversando y cantando en el idioma de nuestros antepasados”.

María Llontop (Edad: 69 años)

Profesora de corazón: sueños frustrados y una vocación modelo

María Llontop

- Lambayeque. “Quería ser cosmetóloga, pero mi hogar era muy pobre y no pude terminar el colegio. Luego me casé, no me fue bien, quedé sola con un hijo y entonces me dije: estudias sola o estudias. Y eso hice".

Por las noches, cuenta María Rosa, utilizaba “una velita” para alumbrarse y poder estudiar. Se concentraba en las dos asignaturas en las que tenía mejor rendimiento: Lenguaje y Matemáticas. “Nadie me ganaba en mis materias”, comenta.

Hoy, todos los días, ella recibe a unos seis niños estudiantes de primaria, a quienes refuerza en sus cursos de Lenguaje y Matemáticas. “No soy profesora de carrera, sino de corazón”, asegura en su casa del distrito de Pomalca, en Chiclayo, donde dicta clases particulares hace 40 años.

Su vocación de maestra, que descubrió también por necesidad, encierra una ironía un poco cruel, una prueba de que la desigualdad de la que ella fue víctima no opera del mismo modo para todos. “Debo haber enseñado como a mil niños. Entre ellos hay un par de alcaldes, autoridades y funcionarios”, relata. A pesar de todo, al saberse querida, dice sentirse feliz.

Tal vez esa alegría es la que le permite dedicarse a la enseñanza con paciencia y afecto, aunque su retribución muchas veces no sea más que una sonrisa o una propina que no supera los cinco soles.

María no logró salir de la pobreza a pesar de su esfuerzo y entrega. Su fuente fija de ingreso es la subvención que le entrega el programa Pensión 65.

Carmen Chávez (Edad: 68 años)

Líder solidaria: asumir la voz de mando para no dejarse vencer

Carmen

- Lambayeque. La historia de Carmen Chávez Chasquibol está marcada por el maltrato, el subempleo y la discriminación, pero también por su firme voluntad de no dejarse vencer.

Desde niña, tras llegar a Chiclayo desde la región San Martín, realizó trabajos domésticos para familias que pudieran pagarle, muchas veces callando ante abusos que temía denunciar.

Con más edad empezó a trabajar en un restaurante, donde conoció al padre de sus hijos, quien la abandonó cuando se produjo el segundo embarazo. Sola, dispuesta a no rendirse, se dedicó a la costura y dictar clases en pequeñas escuelitas.

De ese modo consiguió costear la educación de sus hijos, logro que se atribuye con orgullo y que describe como una de las mayores alegrías de su vida.

Más adelante fundó el asentamiento humano Nueva Esperanza, donde sus vecinos la eligieron presidenta. Fue ella quien logró que la municipalidad distrital elimine los basurales aledaños, que instale agua potable y las redes básicas para el sistema eléctrico. Por su firmeza, se convirtió en una líder.

“Mi vida es el barrio. Si todos nos ayudamos un poco estaremos mejor. Así también deberíamos hacer los peruanos”, comenta Carmen Chávez, rodeada de las mujeres que la acompañan en las tareas de gestión comunal. Ella todavía realiza trabajos de costura para generar ingresos y ayudar con la educación de una de sus nietas, pues no desea que repita sus padecimientos.

"Mujeres, luchen cada día por ser mejores. Así progresarán nuestras familias y también el país", asegura.

Rosalbina Valerio (Edad: 76 años)

Heredera de la cultura Jacaru: la gran batalla contra el olvido

- Lima. Cuando fallecieron sus padres, Rosalbina Valerio tuvo que dejar de estudiar para dedicarse al comercio. Abandonó, contra su voluntad, las aspiraciones de convertirse en profesora o enfermera. El trabajo la obligó a recorrer Cañete, Huancayo, Satipo y otras ciudades con su hermana como única compañera y apoyo.

Hoy, a sus 76 años, ya no puede trabajar, pero ha encontrado una nueva misión. De algún modo, el destino le ha permitido enseñar, como deseaba.

Debido a su condición de pobreza extrema, Rosalbina también se inscribió en el programa Pensión 65, que tiene alrededor de 300 mil afiliadas. De ese total, más de 161 mil son mujeres que viven en zonas rurales y se encuentran en condición de vulnerabilidad.

“Muchas de ellas tienen trayectorias dignas de resaltar”, dice Heber Armas, director del programa social. Rosalbina es dueña es una de esas historias, pues se reconoce como heredera de una cultura que se enfrenta al olvido. Su lengua, el Jacaru, ha sido declarada en peligro de extinción.

“Quisiera que nuestra lengua perdure, que no se pierda, que nuestros jóvenes y niños la conozcan, la hablen. Quisiera que no se olviden de nuestras costumbres. Es la mejor herencia que les podemos dejar”, dice apenada.

Según dice ella misma, nunca fue tan feliz como en su infancia. Ella sabe que ninguna niña debería abandonar sus sueños.

Julia Fernández (Edad: 74 años)

Heridas abiertas: las víctimas de la violencia no olvidan el dolor

- Junín. Sendero Luminoso asesinó a su esposo y a sus dos hijos. Aquel fue el día más triste de su vida, según dice ella misma. Desde entonces, Julia Rosa Fernández, una víctima de la violencia, se siente sola.

“Antes ayudaba a mi esposo a sembrar, cultivar y cosechar café, plátanos, yuca por las alturas de la comunidad de San Pablo de Shimashiro (Chanchamayo). Viajábamos bien lejos”, recuerda con nostalgia fuera de su casita de madera.

“Al perder a mi familia, ya no tenía apoyo de nadie, sola no podía sembrar la chacra. No había quién me ayude. Solo preparaba masato porque me sentía muy triste”, explica.

Julia Rosa es una mujer asháninka, que viste orgullosa una “cushma”, y se comunica en su idioma nativo. Sus oportunidades de desarrollo fueron limitadas, pero tras mucho batallar accedió a los beneficios del plan integral de reparaciones para víctimas del terrorismo.

Ella sobrevive con la subvención mensual que recibe de Pensión 65. “Eso me está ayudando a construir mi casita y a comprar alimentos como pescado seco, leche, huevos y otras cosas”, cuenta.

A su edad, su objetivo es terminar el cerco de su casa. "Quiero vivir tranquila mi vejez. Quisiera que todos los ancianos necesitados de otras comunidades reciban también su pensión", declaró con empatía y esperanza.

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