Tijeras en acción

Redaccionlr
23 07 2017 | 13:50h
Comunidad en acción

Buena mano. Los peluqueros italianos Salvatore y Francesco Giaquinta enseñan su oficio en una escuela de Jicamarca, para ofrecer una herramienta de trabajo a corto plazo.

Verónica Ramírez 

“Siempre vamos de menos a más porque luego es difícil corregir sobre lo ya hecho”. La frase suena a lección de vida, pero son las instrucciones básicas para aprender el efecto smokey eyes en maquillaje. “Empezamos a preparar el párpado con una base clara, dándole toquecitos”, explica la profesora Milagros, quien luego aplica la teoría sobre el rostro inmóvil de una voluntaria.

Las once alumnas y un alumno que asisten hoy a la clase de maquillaje en la escuela Senza Frontiera prestan atención a la profesora rodeados de pelucas con distintos tipos de peinados y cortes. Las clases de maquillaje forman parte de un curso que durará nueve meses y donde los alumnos aprenderán a cortar, teñir y peinar, además de maquillar.

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“La idea”, dice Salvatore Giaquinta, fundador de la escuela, “es que las personas que no tienen recursos encuentren una posibilidad de estudiar y salir adelante, de abrir sus mentes, ganar autoestima y mirar el mundo de una manera totalmente diferente”.

Senza Frontiera abrió sus puertas en 2013 y ha formado a cerca de 50 personas. Cuando Salvatore llegó por primera vez a Jicamarca, provincia de Huarochirí, todavía no era el transitado barrio de ladrilleras y materiales de construcción que hoy define sus calles. Atraído por una zona urbana emergente a las afueras de Lima y casi colindante con el campo, Salvatore alquiló un local. En la parte baja construyó una peluquería, donde las alumnas ahora realizan prácticas y en el segundo piso acondicionó la escuela.

Hace dos años, Senza Frontiera recibió un reconocimiento en Los Ángeles de I Sustain Beauty, una fundación italiana que promueve proyectos de desarrollo vinculados a la belleza. Salvatore y Francesco ganaron el primer puesto de entre 1.200 profesionales de todo el mundo y recibieron como premio productos y herramientas para implementar la escuela. Ahora, de vez en cuando, reciben algún donativo, pero básicamente se sostienen con los ingresos que genera la peluquería, los aportes de Salvatore y Francesco y la módica mensualidad que pagan las alumnas. Este pago, como explica Salvatore, es para generar un compromiso y para que no dejen de acudir a las clases.

El balance ha sido positivo. Hoy, muchas de las egresadas de las primeras promociones tienen su propio local, otras se dedican a realizar trabajos a domicilio y algunas se quedaron a trabajar con Salvatore y su hijo Francesco en la peluquería que ambos tienen en Barranco.

“Es una experiencia educativa distinta. Aprenden a trabajar en grupo, a cuidar la imagen personal, a atender al público. En algunas chicas el cambio ha sido muy evidente. Ahora quieren capacitarse, invertir en ellas”, dice Salvatore.

Cerrar un círculo para abrir otro

De pequeño, en el pueblo siciliano donde nació hace 57 años, Salvatore pasaba las tardes en una barbería mientras sus padres se iban a trabajar. Le gustaba el trajín de tijeras y cuchillas, y a los doce años empezó a usarlas. Copiaba los cortes de los artistas que veía en la tele o en las revistas y experimentaba con sus amigos. A los 18 se dio cuenta de que tenía vocación de peluquero y decidió salir del pueblo y viajar para aprender.

“Mi objetivo era crecer, estudiar para ser lo más independiente posible en mi trabajo y en mi vida privada. Me fui primero a Nápoles y después a Florencia, que me pareció una ciudad artística y cosmopolita. Me abrió un mundo. Luego fui a estudiar a Londres y a los 20 años tuve mi propia peluquería”, cuenta Salvatore.

Enseñar, o “intercambiar experiencias” como prefiere llamarlo, le dio otro rumbo a su vida. Empezó a enseñar en Londres por ofrecimiento de uno de sus profesores y luego abrió su propia peluquería y escuela en Florencia. “Tengo buenos recuerdo de mis alumnos y ellos de mí. Yo, cuando hago algo, trato de hacerlo bien. La idea de la escuela me gustaba porque era ponerme en contacto con otras personas y compartir”.

En paralelo, viajaba y realizaba trabajo social en penales, casas de reposo y en una institución para niños con síndrome de Down. Tenía amigos, familia, una vida cómoda, alumnos agradecidos y prestigio. Pero un día sintió la urgencia vital de cerrar un círculo para abrir otro.

Lima, Perú

“Se me ocurrió cambiar de vida. Yo soy un poco gitano. Pensé que era momento de cambiar, pero cambiar por algo totalmente distinto… y gracias a una tijera y un peine puedes hacerlo”. Salvatore sentía atracción por Sudamérica y tenía claro el proyecto: compartir conocimientos con gente que no tiene oportunidades.

Entonces contactó con varias peluquerías a través de Facebook para ofrecer su trabajo de forma gratuita. Algunos se sorprendían. No podían creer que su único interés fuera conocer y aprender de los demás. Viajó por México, Brasil, Bolivia, Ecuador, Colombia imaginando el proyecto que quería llevar a cabo. Llegó al Perú por primera vez en 2009 y en 2011 se instaló. “Es un buen lugar para vivir, muy bueno e interesante. Lo sentí mío y me quedé”, cuenta Salvatore.

Al proyecto se unió su hijo Francesco, de 30 años, también peluquero. Francesco experimentaba con todo tipo de peinados y colores cuando era adolescente. Tenía una vocación incuestionable que desarrolló gracias a las enseñanzas de su padre. Hoy, además de trabajar en su propia peluquería barranquina, dicta clases en Senza Frontiera. “Este proyecto es una experiencia de vida. Me enseña mucho, me hizo ver cosas que no todos tienen la oportunidad de ver. Necesitamos tiempo para descubrir, conocer y desarrollar otras oportunidades”, dice Francesco.

Padre e hijo van dos veces por semana a la escuela y en el camino descubren historias de vida, historias que cuentan sus alumnas o los vecinos del barrio y les descubren una cara totalmente distinta de Lima. “Aquí hay pocas posibilidades de salir adelante. No hay movilidad, la noche no es tranquila ni segura, no hay oportunidades de trabajo. En algunas zonas recién están poniendo agua y desagüe y estamos a una hora de Lima”, explica Salvatore.

En la clase, los alumnos anotan los consejos para que un rostro cuadrado, corazón o triangular luzca más ovalado. Antes de pasar a la práctica con una voluntaria, Salvatore elabora una teoría simple del color que mejor le sienta a una persona y luego se detiene a conversar con cada alumna. Tiene paciencia y calma. Como en una cadena de favores interminables, Salvatore busca transferir y difundir su oficio: sabe que una tijera y un peine también sirven para cambiar vidas. 

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