Valiente iraní

Shirin Ebadi es una mujer pequeña, de modales pausados y mirada penetrante. Estudió derecho en la Universidad de Teherán, y antes de cumplir los 30 años se convirtió en la primera presidenta de un tribunal judicial en la historia de Irán. Como buena parte de sus compatriotas, apoyó la revolución islámica que derrocó al Sha, pensando que traería nuevos aires de libertad al país.

No fue así, como se sabe, sino todo lo contrario. El régimen de los ayatollah instauró una interpretación radical y barbárica de la ley islámica como regla de convivencia, e intentó erradicar cualquier recuerdo de occidente, con consecuencias tremendas. En lugar de ampliarse, las libertades individuales terminaron por reducirse a mínimos asfixiantes y la democracia se empobreció. La bigamia, el amor no consentido, la «enemistad contra Dios» o la «corrupción en la tierra» pasaron a ser considerados delitos, y tienen penas como la lapidación, los azotes o la muerte por ahorcamiento público, impuestas en juicios carentes de garantías mínimas.

Quienes han sufrido las peores consecuencias de este giro hacia la caverna (ocurrido en los mismos territorios donde floreció la sofisticada cultura persa) han sido las mujeres. Tienen que llevar el pelo cubierto y vestir ropas holgadas, que disimulen las formas del cuerpo. Están prohibidas de asistir a espectáculos públicos, como un partido de fútbol. La indemnización por la muerte de una mujer es la mitad que la que se recibe por la muerte de un hombre, y para que el testimonio de un hombre sea igualado ante un juez, hace falta que dos mujeres declaren en su contra. Esta situación de abuso institucional ha permeado los tejidos de la sociedad iraní. En los últimos años se han vuelto frecuentes los ataques con ácido al rostro de mujeres que dejan a la vista mechones de su pelo, emprendidos por enloquecidos guardianes de la moralidad pública.

La propia Shirin Ebadi ha sido víctima de las medidas de la revolución islámica. Debió abandonar su cargo de jueza poco después de obtenerlo, y en una vuelta del destino, terminó trabajando como secretaria en el mismo tribunal que antes había presidido. Harta del maltrato, pidió su jubilación anticipada, y comenzó a escribir libros, muchos de los cuales se volvieron Best Sellers. Solo volvió a ejercer la abogacía en 1992, cuando le devolvieron su licencia.

Su militancia por la causa de los derechos humanos dentro y fuera de los tribunales, en especial de las mujeres y los niños, la llevó a ganar el Premio Nobel de la Paz 2003, imponiéndose al candidato favorito de entonces, nada menos que el Papa Juan Pablo II. Curiosamente, en lugar de servirle como un escudo, la visibilidad que consiguió a partir de ese día se volvió en su contra. Las constantes amenazas contra su vida, la detención arbitraria de su hermana y su esposo, y la confiscación de todos sus bienes la obligaron a exiliarse en 2009. Desde entonces viaja por el mundo, denunciando las atrocidades que ocurren en su país.

Este jueves pude participar en una mesa redonda (organizada por la UCV), donde tuve el honor de conocerla y entrevistarla. Fue tan persuasiva que no pude dejar de interesarme por la situación de un país tan remoto, que debería servirnos de advertencia, ahora que por fin discutimos la situación de violencia contra la mujer en el Perú. Shirin Ebadi habla en farsí, pero su fuerza está más allá del idioma: «El exilio me permite ser el eco de la voz de la gente que vive dentro de mi país», casi susurra.

Te puede interesar

CONTINÚA
LEYENDO