Un antes y un después

14 Ago 2016 | 19:00 h

empecemos por lo obvio. Pese a la multitudinaria marcha del sábado –tuve que abandonarla antes de tiempo porque mi hija de 11 se asustó con la inconmensurable multitud- hoy habrán tantos machistas como ayer. Los juzgados seguirán siendo tan indolentes e injustos como siempre. Las comisarías continuarán ninguneando a las mujeres. El feminicidio no habrá disminuido. Las violencias simbólicas en la calle y en la casa, en las instituciones y en los medios, continuarán. Y sin embargo…

Sin embargo hay algo que se ha despertado y no va a detenerse. Eso es lo único capaz de producir cambios profundos. Me refiero a las mujeres que, de mil maneras creativas y entusiastas, se manifestaron esa noche. Ya no hay marcha atrás.

Los cambios serán lentos porque las estructuras psicológicas arraigadas desde la temprana infancia son las más difíciles de modificar. La economía evoluciona con mucho más rapidez. Basta que suba drásticamente el precio del cobre o el de la anchoveta. O bien que baje. En cuestión de semanas se producen movimientos significativos en la balanza comercial, lo cual nos afecta a todos, para bien o para mal. O bien se da una ley y se la hace cumplir. Esto puede suceder en poco tiempo también.

Pero modificar patrones culturales y psicosociales, eso es harina de otro costal. Solo una toma de conciencia tan masiva y contundente como la que estamos viendo, en donde las víctimas dicen basta y se enfrentan a los abusadores, puede remecer esos paradigmas. Solo así se produce, a nivel psicológico y social, lo que en psicoanálisis se conoce como la resignificación. No podemos cambiar lo que hemos aprendido, como diría el Inca Garcilaso, en la leche materna. Pero sí es posible darle, ex post, un significado distinto. De pronto tu mente se abre e ingresa una empatía de la que no te sabías capaz. Esa mujer a la que ofendes con tu mirada lasciva y descarada, podría ser tu hermana. Esa mujer a la que agredes con tus tocamientos no solicitados, podría ser tu hija. Esa mujer a la que golpeas salvajemente, ES tu madre.

Esto solo sucede cuando una fuerza irresistible nos compele a desprendernos de esas defensas patológicas, mediante las cuales nos protegemos del terror a la independencia de las mujeres. A la fuerza de su deseo. Nadie las abandona si no tiene motivos poderosos para hacerlo. Lo sé no solo porque soy psicoanalista, sino porque soy hombre. Yo también lucho contra prejuicios e impulsos machistas. Muchas veces sucumbo a estos, todavía. No es algo que se adquiere de una vez por todas. Pero lo ocurrido la noche del sábado es una señal inconfundible de que algo ineluctable se ha puesto en marcha. Seguimos siendo una sociedad retrógrada que maltrata a las mujeres. Pero ellas están descubriendo la manera de enfrentarlo. Para bien de todos.

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