San Martín no debe estar en el centro de la memoria de la Independencia

En comparación con otros países, los peruanos hemos construido una memoria oficial de la independencia como un proceso venido de afuera y minimizando la participación de los peruanos, señala la reconocida historiadora.

En comparación con otros países, los peruanos hemos construido una memoria oficial de la independencia como un proceso venido de afuera y minimizando la participación de los peruanos, señala la reconocida historiadora.

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Cecilia Méndez
Historiadora y catedrática

Por muchas generaciones los peruanos hemos venido conmemorando el 28 de julio de 1821 como “el día de nuestra independencia”. La fecha en que José de San Martín proclama la independencia en Lima está firmemente anclada como la efemérides nacional por antonomasia ¿Pero es el 28 de julio el día más lógico para conmemorar nuestra independencia del imperio español? ¿Hasta qué punto se trata de una celebración más limeña que nacional?

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Si bien el 28 de julio se estableció tempranamente como día oficial la independencia, no fue el único. En 1833, el presidente Agustín Gamarra promulgó un decreto para conmemorar anualmente las batallas de Junín y Ayacucho del 6 de agosto y 9 de diciembre 1824, “como parte de los sucesos memorables de nuestra emancipación”. Gamarra buscaba así poner en relieve la participación del ejército peruano, del que él era parte, en la consecución de la independencia. Significativamente, y aunque tal vez Gamarra no se lo propusiera así, esta pluralidad celebratoria realzaba también el lugar de la sierra sur y central andina en el proceso de la independencia. Pero pese al alcance continental de la batalla de Ayacucho, que se reconoce mundialmente como el hito definitivo de independencia hispanoamericana, la multiplicidad de celebraciones se fue desvaneciendo en el calendario oficial para destacar, si no exclusivamente, sí de manera central, la proclama de San Martín en Lima.

Esta decisión tuvo otro efecto paradójico. El fijar como hito conmemorativo central de la independencia la proclama limeña de San Martín, invisibilizaba el proceso de independencia en sí, es decir, los movimientos insurgentes y separatistas ocurridos en distintas partes del Perú previamente a la llegada del general rioplatense. Los peruanos construimos, por ende, una memoria oficial de la independencia como un proceso cuasi providencial, venido de fuera y hasta teñido de elementos oníricos, como cuando se les enseña a los niños ¡que la bandera peruana se originó en un sueño de San Martín! En este sentido, somos una anomalía continental: escogimos un momento tardío, un hito comparativamente desprovisto de carga insurgente, además de propiciado desde fuera, para conmemorar nuestra independencia.

El Perú es, en efecto, virtualmente el único país de América Latina que conmemora su independencia el día en que ésta se proclamó y no el día en que (se asume) se inició este proceso. Por ello, el Perú será también el último país latinoamericano en conmemorar el bicentenario de su independencia. Los demás países escogieron celebrar sus independencias rememorando hechos insurgentes que marcan el inicio de una revolución política, como la formación de juntas de gobierno que desconocieron a las autoridades españolas en las colonias en el marco de la crisis política provocada por la invasión de las tropas de Napoleón Bonaparte en Península Ibérica entre 1808 y 1814. México, por ejemplo, obtuvo su independencia, al igual que el Perú, en 1821, pero, la celebra el día en que el cura Manuel Hidalgo lanzó una masiva insurgencia popular en 1810. Por ello México no esperará el 2021 para su bicentenario, lo celebró en el 2010 . Chile proclama su independencia en la batalla de Maipú en 1818, pero también ya celebró su bicentenario porque conmemora como el día de su independencia su junta de gobierno de 1810. Las Provincias Unidas de Sudamérica, como se llamó la futura Argentina, proclamaron su independencia en 1816, pero Argentina celebra la revolución de Mayo de 1810 en Buenos Aires como el día de su independencia y por tanto celebró su bicentenario el 2010. Bolivia y Ecuador lo hicieron incluso antes, en el 2009, porque conmemoran sus juntas insurgentes de 1809 en las audiencias de Quito y la Paz, respectivamente, como sus aniversarios patrios.

El Perú no careció de insurgencias y juntas antiespañolas antes de la llegada de San Martín, análogas a las que otros países americanos escogieron para celebrar sus independencias. Las hubo en Tacna en 1811 y 1813, en Huánuco en 1812 y especialmente en Cuzco entre en 1814 y 1815. Aquí, la revolución liderada por los hermanos Mariano, José y Vicente Angulo y el cacique Mateo Pumacahua fue tan vasta que llegó hasta La Paz, y tuvo un contenido separatista aún más marcado que la rebelión de Hidalgo de 1810, que México considera el inicio de su proceso de independencia. Los rebeldes cuzqueños establecieron un calendario revolucionario que declaraba 1814 como “año primero de la libertad”, que fue evocado por las poblaciones del sur del Perú hasta bien entrada la república. Pero la memoria oficial del país dejó estos acontecimientos en las márgenes, si acaso los consideró.

No es entonces descabellado suponer que la fijación del 28 de julio como el hito central de la independencia fuera una manera de evitar referirse a las mencionadas insurgencias regionales, de fuerte componente indígena. Y en ello la historia oficial “criolla” es más parecida a la historiografía marxista, supuestamente contestataria, de la década de 1970, de lo que ésta quisiera admitir. Ambas minimizan la participación de los peruanos en el proceso de independencia, al que conciben como venido de fuera, y ambas ven a los indios como masas manipuladas. Pero la versión sanmartinocéntrica de la independencia, lejos de ser fortuita, fue delineada cuidadosamente a mediados del siglo XIX por el historiador Mariano Felipe Paz Soldán, cuya Historia del Perú Independiente (1868) asume que la independencia peruana se inició literalmente en 1817, con los preparativos de la expedición de San Martín en Buenos Aires. Esta versión de la independencia fue refutada en lo inmediato por el liberal y veterano de la independencia Francisco Javier Mariátegui, y en el siglo XX por el historiador José de la Riva Agüero. Pero no por ello dejó de ser la “versión oficial” y hegemónica.

Esta larga historia oficial se desestabilizó por primera vez cuando el gobierno militar izquierdista de Juan Velasco Alvarado (1968-1975) proclamó a Túpac Amaru II como el iniciador, con su rebelión de 1780, de una independencia culminada en los campos de Ayacucho, cuarenta y cuatro años después. Velasco desplazó así por primera vez del centro a San Martín para privilegiar a un héroe indígena. Sin embargo, Velasco, no estaba creando una nueva historia, tanto como oficializando una memoria de la independencia que había existido en las márgenes, paralela y anteriormente a la historia sanmartiniana de Paz Soldán, y cuyos orígenes se remontan al periodismo cuzqueño de la década 1830, aunque el espacio no permite expandirme en ello.

Y aunque la versión velasquista de la independencia pueda sonar hoy herética y hasta demasiado “radical” para las sensibilidades del Perú neoliberal, fue avalada, nada menos que por el diario más antiguo e importante del país, antes de ser expropiado por Velasco. La portada que El Comercio de los Miró Quesada dedica al sesquicentenario de la independencia muestra en el centro a un Túpac Amaru enorme con el torso desnudo rodeado de personajes de menor tamaño, entre ellos, San Martín.

Una portada impensable hoy, sin duda, pero que nos invita a pensar, junto con todo lo que he expresado hasta aquí, que la independencia no es una historia acabada y que la memoria de lo que ésta constituye y significa, y cómo se debe representar, aún a nivel oficial, lejos de ser estática, ha estado en constante disputa.

Ha sido una memoria moldeada por los acontecimientos y tensiones propios de cada época, y lo sigue siendo hoy. 


El Comercio de 1971, por el sesquicentenario.

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