El Nuevo Anti-Fujimorismo

En 2011 la coalición antifujimorista era estrecha. Fuera de Vargas Llosa, La República, pequeños grupos de izquierda y progresistas (universitarios, gestores de derechos humanos), y un puñado de toledistas, el establishment limeño –histérico ante el fantasma de Humala– apoyó a Keiko Fujimori en la segunda vuelta.  La coalición pro-Keiko incluyó a la Confiep, el Grupo Comercio, los principales canales de televisión, periodistas influyentes (Aldo Mariátegui, Juan Paredes Castro, Fritz DuBois, Jaime Bayly), y figuras políticas de peso como PPK, Luis Castañeda Lossio, Lourdes Flores, Mercedes Aráoz, Hernando de Soto, y —sin decirlo públicamente– el presidente García y el cardenal Cipriani.

Al apoyar un fujimorismo poco renovado o distanciado de Alberto, el establishment limeño optó por defender el modelo económico ortodoxo en vez de la democracia.  Demostró, de nuevo, que su compromiso con el liberalismo económico era más fuerte que su compromiso con el liberalismo político.

Los grandes medios se comportaron de una manera poco democrática en el 2011.  El Grupo Comercio no solo apoyó a Keiko sino que adoptó prácticas propias del régimen fujimorista.  La autocensura de El Comercio y otros medios minó el derecho ciudadano a la información. Se negaron a investigar o tocar temas claves, como el rol de Alberto Fujimori en la campaña. Hablaron poco o nada de los crímenes del gobierno de Fujimori o de la persistencia en las filas fujimoristas de políticos abiertamente autoritarios. Lanzaron una guerra sucia contra Humala –incluyendo la vergonzosa contratación de Jaime Bayly– que nos hizo recordar a los diarios chicha de los noventa. Y despidieron a periodistas que se negaron a cerrar filas detrás de Keiko o que parecían “humanizar” a Humala. 

La fujimorización del establishment limeño en el 2011 constituyó una amenaza a la democracia.  Ante el fantasma de Humala, los medios, empresarios, políticos, economistas, y líderes religiosos más influyentes –casi la lista entera de la Encuesta del Poder– abrazaron al fujimorismo sin exigir su renovación o un compromiso democrático.  Si el fujimorismo la liberaba del lobo feroz, la élite limeña parecía dispuesta a darle un cheque en blanco.  Por suerte, el electorado peruano optó por otro camino.

En 2016, la alianza fujimorismo-establishment es más precaria.  El abrazo del establishment a Keiko en el 2011 no fue un acto de amor sino de desesperación. Con pocas excepciones, la élite limeña hubiera preferido a alguien más afín, como Lourdes Flores, PPK, o Meche Aráoz  (como me dijo un fujimorista en el 2011, la élite "nos mira y ve muchos cholos") Keiko fue su último bastión de defensa.

Hoy el escenario es distinto.  A diferencia de 2006 y 2011, la élite limeña no percibe una amenaza antisistema o izquierdista.  Ninguno de los candidatos viables le da miedo. La candidata  más seria de la izquierda, Veronika Mendoza, carece de recursos y se dirige más a los conversos que al electorado general.  Lamentablemente, no logra despegar.

Sin amenaza antimodelo en el horizonte, el establishment tiene el lujo de volverse “demócrata.”  El Director de Perú21 —el diario que llegó a la bajeza de comparar el voto por Humala con el suicidio en 2011—dice que esta vez su diario mantendrá una “línea imparcial y objetiva respecto de los distintos candidatos”.  Promete “informar de manera equilibrada” y “reportar los sondeos de manera imparcial, objetiva y completa” (algo que Perú21 no hizo en 2011).

El Comercio (ahora bajo Fernando Berckemeyer y Enrique Pasquel y no Martha Meier y Juan Paredes Castro) se ha vuelto mucho menos fujimorista que el 2011. Pasquel, por ejemplo, escribió que la renovación de la lista fujimorista fue insuficiente, recordándonos que un “exorcismo a medias” es “poco útil,” y que lo único que asegura es que “el demonio, eventualmente regrese a seguir haciendo de las suyas”. Y mientras que en el 2011 El Comercio se hizo el loco con respecto al rol de Alberto en la campaña (fue Edmundo Cruz, de La República, quien lo hizo público), en el 2015 fue la unidad de investigación de El Comercio que nos informó que Fujimori había recibido 650 visitas —incluyendo varios empresarios y políticos— en tres meses. 

La derecha política también se vuelve más antifujimorista.  Varios políticos que se pusieron el polo naranja hace cinco años han redescubierto su antifujimorismo.  PPK dice que fue un “error” apoyar a Keiko en el 2011; su partido la llama la “candidata de las esterilizaciones forzadas y la violación de derechos humanos”.  Fernando Rospigliosi, quien no se quejó por el autoritarismo del fujimorismo no renovado en el 2011 (según él, Montesinos, el verdadero cerebro del régimen, estaba en la cárcel y nadie en el entorno de Keiko podía jugar el papel de Montesinos), se volvió más exigente este año.  Calificó la salida de la vieja guardia fujimorista como un “teatro” y declaró que Keiko tiene un “nuevo Montesinos”.  Y Mercedes Aráoz, quien dijo en el 2011 que Keiko ya había deslindado del autoritarismo de su padre, dice el 2016 que es “bien difícil que ella pueda desmarcarse de eso”.

Con la (re)incorporación de sectores importantes de la derecha, la coalición antifujimorista se amplía. Preocupación por la vuelta del fujimorismo ya no es solo una cosa de caviares. El debate sobre las violaciones de derechos humanos, las esterilizaciones forzadas, la persistencia de elementos autoritarios en el fujimorismo, y el futuro rol de Alberto no se limita a las páginas de La República, se extiende a El Comercio.   

Paradójicamente, entonces, Keiko enfrenta más resistencia en el establishment  hoy, cuando busca renovar su partido y construir un perfil más moderado, que en el 2011, cuando el fujimorismo era más duro y albertista.

La situación puede cambiar.  Si Mendoza u otro candidato de izquierda sube en las encuestas, es probable que la “imparcialidad” del Grupo Comercio se vaya por la ventana y volvamos a un escenario más parecido a lo del 2006 y 2011.  Pero mientras no haya lobo “chavista” en el horizonte, muchas figuras de derecha levantarán las banderas antifujimoristas que guardaron en el closet (y que tildaron a Vargas Llosa de traidor por haber levantado) en el 2011.     

El surgimiento de este nuevo anti-fujimorismo me parece muy bien. Si gran parte del establishment –y no solo La República— adopta una orientación más crítica y exigente, Keiko tendrá que tratar seriamente algunos temas que esquivó en el 2011. Tendría que reconocer que el gobierno de Alberto cometió crímenes y no solo errores; asegurarnos que ningún defensor del autoritarismo de los noventa (como Martha Chávez) tendrá lugar en su gobierno; y quizás hacer algo para convencernos de que su padre no tendrá influencia sobre su gobierno.  Tendría que demostrar un compromiso serio con la democracia liberal y no con la democracia “delegativa” o de “mano dura” de su hermano Kenji.

¿El nuevo antifujimorismo tendrá efectos electorales? Posiblemente. Más discusión en los medios sobre las violaciones de los derechos humanos, esterilizaciones forzadas, corrupción y narcotráfico bajo el gobierno de Alberto podría afectar la imagen pública de Keiko (que hoy está mejor que las de todos sus rivales).  

Pero la capacidad del establishment de influir sobre el voto es limitada. El abrazo de la élite limeña no ayudó a Keiko en el  2011, de hecho, parece haberle costado votos. La deserción del establishment el 2016 es, entonces, una espada de doble filo: Keiko enfrentará una campaña más dura, pero al mismo tiempo, divorciarse de la élite limeña podría beneficiarla en términos electorales.  La desfujimorización del establishment es, sin duda, positiva.  ¿Pero cuándo fue la última vez que el Grupo Comercio ganó una elección?

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