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La renuncia de Gino Costa

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En un editorial publicado hace veinte días y en el cual analizábamos la crisis producida en Interior a raíz de las diferencias públicas entre el ministro Gino Costa y el director de la Policía Nacional general José Tisoc nos alegrábamos de la ratificación del doctor Costa, pero concluíamos: "Esto debiera clausurar la crisis y devolver las aguas a su cauce, aunque es imposible vaticinar que no se producirán secuelas" (LR, 9/1/03).

Las secuelas las estamos viviendo hoy. Ya entonces nos había parecido muy extraño que el mandatario dejara a ambos hombres en su puesto, sobre todo porque el general José Tisoc había procedido a tomar algunas medidas sin la autorización del titular del portafolio, como ser el nombramiento de un nuevo comando policial que luego debió variarse por su origen inconsulto; pero lo que ocurría es que el presidente Toledo se encontraba haciendo una evaluación de la situación.

Desde luego, es su derecho en tanto jefe del Estado y ya se sabe que los ministros, como responsables políticos de su sector, son piezas fusibles en caso de crisis. Aquí lo único lamentable es que el doctor Toledo mantuviera esta evaluación in pectore, es decir sin comunicarla al interesado, que recién pudo enterarse de ella cuando La República publicó que la cartera de Interior había sido ofrecida al ex alcalde de Lima Alberto Andrade, quien no la había aceptado por razones personales y por considerar que Gino Costa realizaba una excelente labor.

Compartimos esta opinión de Alberto Andrade, que es también la de una gran mayoría de dirigentes políticos y, de hecho, ya habíamos tenido ocasión de decirlo en el editorial citado: "Gino Costa ha venido realizando una magnífica labor al frente de la cartera de Interior, que ha contribuido de modo decisivo a la recuperación de la imagen de la institución policial y a un acercamiento que no se daba en muchos años entre la PNP y la ciudadanía" (LR, 9/1/03).

Nos ratificamos en lo dicho y consideramos censurable el innecesario maltrato sufrido por el ahora ex titular de Interior, quien, enterado de que su puesto estaba siendo ofrecido a otras personas, tuvo la dignidad de presentar de inmediato renuncia al mismo y dar un paso al costado. En este sentido, los elogios prodigados por el presidente Toledo a su gestión en la mañana de ayer sonaron bastante impostados.

Pero, producida la renuncia y hecho el cambio, solo queda analizar las razones que pudieron haberlo motivado. Vemos en lo inmediato dos. La primera, que en el conflicto que estalló entre el ex ministro y el comando de la PNP el mandatario optó por este último. Una decisión riesgosa, pues puede comprometer el futuro de la reforma policial, que requerirá de decisiones valerosas como las que tomó sin vacilar Gino Costa a la hora de decidir los pases al retiro que eran indispensables para la recuperación de una pirámide de mando que el fujimontesinismo había convertido en una suerte de muñeco porfiado.

La segunda es que, tomada la opción de ir al cambio, y descartado Andrade por propia decisión, el mandatario se volvió hacia las canteras partidarias de PP, las que como se sabe mantienen un reclamo permanente en su intención de capturar el Ejecutivo, en el cual se consideran muy poco representadas. No es descartable que el premier Solari haya contribuido a esta salida.

Es lo que explica el nombramiento de Alberto Zanabria Ortiz como nuevo titular de Interior, un aparatchik ligado con el sector Transporte y sin más títulos para el cargo que el de ser Secretario Nacional de Ética y Disciplina de PP. Con ello se matan dos pájaros de un tiro: se concede un asiento más en el gabinete a PP y se calma la impaciencia de los dirigentes, demostrándoles que lenta pero inexorablemente llegarán al poder.

La impresión general es que es la reforma policial la que sale perdiendo. Pues primero con Fernando Rospigliosi y luego con Gino Costa hubo un equipo civil de primera línea -pensamos en Susana Villarán, en el viceministro Carlos Basombrío y otros renunciantes- que se entregó de lleno a la causa de la reforma, ahora descabezada.

En un editorial publicado hace veinte días y en el cual analizábamos la crisis producida en Interior a raíz de las diferencias públicas entre el ministro Gino Costa y el director de la Policía Nacional general José Tisoc nos alegrábamos de la ratificación del doctor Costa, pero concluíamos: "Esto debiera clausurar la crisis y devolver las aguas a su cauce, aunque es imposible vaticinar que no se producirán secuelas" (LR, 9/1/03).

Las secuelas las estamos viviendo hoy. Ya entonces nos había parecido muy extraño que el mandatario dejara a ambos hombres en su puesto, sobre todo porque el general José Tisoc había procedido a tomar algunas medidas sin la autorización del titular del portafolio, como ser el nombramiento de un nuevo comando policial que luego debió variarse por su origen inconsulto; pero lo que ocurría es que el presidente Toledo se encontraba haciendo una evaluación de la situación.

Desde luego, es su derecho en tanto jefe del Estado y ya se sabe que los ministros, como responsables políticos de su sector, son piezas fusibles en caso de crisis. Aquí lo único lamentable es que el doctor Toledo mantuviera esta evaluación in pectore, es decir sin comunicarla al interesado, que recién pudo enterarse de ella cuando La República publicó que la cartera de Interior había sido ofrecida al ex alcalde de Lima Alberto Andrade, quien no la había aceptado por razones personales y por considerar que Gino Costa realizaba una excelente labor.

Compartimos esta opinión de Alberto Andrade, que es también la de una gran mayoría de dirigentes políticos y, de hecho, ya habíamos tenido ocasión de decirlo en el editorial citado: "Gino Costa ha venido realizando una magnífica labor al frente de la cartera de Interior, que ha contribuido de modo decisivo a la recuperación de la imagen de la institución policial y a un acercamiento que no se daba en muchos años entre la PNP y la ciudadanía" (LR, 9/1/03).

Nos ratificamos en lo dicho y consideramos censurable el innecesario maltrato sufrido por el ahora ex titular de Interior, quien, enterado de que su puesto estaba siendo ofrecido a otras personas, tuvo la dignidad de presentar de inmediato renuncia al mismo y dar un paso al costado. En este sentido, los elogios prodigados por el presidente Toledo a su gestión en la mañana de ayer sonaron bastante impostados.

Pero, producida la renuncia y hecho el cambio, solo queda analizar las razones que pudieron haberlo motivado. Vemos en lo inmediato dos. La primera, que en el conflicto que estalló entre el ex ministro y el comando de la PNP el mandatario optó por este último. Una decisión riesgosa, pues puede comprometer el futuro de la reforma policial, que requerirá de decisiones valerosas como las que tomó sin vacilar Gino Costa a la hora de decidir los pases al retiro que eran indispensables para la recuperación de una pirámide de mando que el fujimontesinismo había convertido en una suerte de muñeco porfiado.

La segunda es que, tomada la opción de ir al cambio, y descartado Andrade por propia decisión, el mandatario se volvió hacia las canteras partidarias de PP, las que como se sabe mantienen un reclamo permanente en su intención de capturar el Ejecutivo, en el cual se consideran muy poco representadas. No es descartable que el premier Solari haya contribuido a esta salida.

Es lo que explica el nombramiento de Alberto Zanabria Ortiz como nuevo titular de Interior, un aparatchik ligado con el sector Transporte y sin más títulos para el cargo que el de ser Secretario Nacional de Ética y Disciplina de PP. Con ello se matan dos pájaros de un tiro: se concede un asiento más en el gabinete a PP y se calma la impaciencia de los dirigentes, demostrándoles que lenta pero inexorablemente llegarán al poder.

La impresión general es que es la reforma policial la que sale perdiendo. Pues primero con Fernando Rospigliosi y luego con Gino Costa hubo un equipo civil de primera línea -pensamos en Susana Villarán, en el viceministro Carlos Basombrío y otros renunciantes- que se entregó de lleno a la causa de la reforma, ahora descabezada.