Fujimori, cerebro del horror

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25 09 2003 | 14:00h

Ya no quedan dudas. Luego del video que registra el diálogo entre el periodista Umberto Jara y Santiago Martin Rivas, jefe del siniestro grupo Colina -video emitido en dos partes por el programa "En la boca del lobo" de César Hildebrandt-, hasta el más intonso ha quedado convencido de la participación directa de Alberto Fujimori en los peores episodios de la guerra sucia que puso al Estado y al terrorismo en el mismo nivel de horror.

Según testimonio del jefe de Colina, la decisión fue tomada por Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori en julio de 1990: se aplicaría la doctrina de Seguridad Nacional de los EEUU para combatir al terrorismo, para lo cual se convocó a los jefes militares que habían egresado de la Escuela de las Américas -con sede por entonces en la Zona del Canal- y que estaban familiarizados con esa doctrina y el modo de ponerla en práctica en la lucha contrasubversiva.

Un principio básico de esta doctrina consiste en no dejar ninguna acción del terrorismo sin contestar. Se aprobó así que por cada acción de SL se daría una respuesta militar, la cual encerraría un "mensaje" dirigido a los terroristas, que así sabrían que el horror causado ocasionaría como réplica un horror mayor. AFF fue autor intelectual y quien dio las órdenes, en su condición de jefe supremo de las FFAA, para las masacres.

El primer acto de terrorismo de Estado fue la masacre de Barrios Altos, efectuada contra inocentes, pero en un inmueble que había servido a SL como punto de reunión luego de un atentado. Después vino la retoma de Canto Grande, con Fujimori ordenando debelar a sangre y fuego la rebelión de los reclusos acusados y condenados por terrorismo, con la intervención de Colina para cumplir la orden y aniquilar a 28 cabecillas de SL detenidos (eliminaron a 35), a excepción de Osmán Morote, a quien se dejó herido porque se le creía rival de Guzmán. Vino después la masacre de los universitarios de La Cantuta y finalmente la recuperación de la residencia japonesa de manos del MRTA.

En dos de estos casos, la retoma de Canto Grande y la captura de la residencia del embajador nipón, las apariciones de AFF a pocos metros de decenas de terroristas rendidos y el paseíllo realizado en la residencia pasando por encima de los cadáveres de Néstor Serpa y otros del MRTA tuvieron valor de mensajes dirigidos a las cúpulas terroristas, mensajes que prometían combatir la barbarie con más barbarie.

Sin esta implicación personal del dictador no se entiende lo que vino luego: las condecoraciones y ascensos para los miembros de Colina y la indignante Ley de Amnistía, firmada a golpe de bíper por la mayoría fujimorista con el apoyo de algunos incautos. Eran la otra cara de una colaboración estrecha registrada al más alto nivel del Estado con la banda de asesinos que contaba con todas las bendiciones de Palacio y la complicidad de su titular.

Queda una pregunta. ¿Por qué Santiago Martín Rivas descubre todo esto ahora? Pues porque nada tiene ya que perder, pues es seguro de que caerá sobre él una durísima condena. Este contraste entre su situación y la de alguien como AFF, que disfruta de una fortuna malhabida en Tokio y a quien nadie persigue, ha impulsado al jefe de Colina a sacar la cara y decir todo lo que hasta hoy había callado.

El asunto permite dar un vuelco en la situación jurídica del ex dictador, que ahora deberá enfrentar una acusación por crímenes de lesa humanidad cuyos plazos no prescriben, lo cual podría influir en los tribunales japoneses a condenarlo y expulsarlo del país o a las autoridades a acoger el pedido de extradición hecho por el gobierno peruano y entregarlo a la justicia.

Pues se ha roto para siempre el velo de impunidad que alegaba poseer el ex mandatario, que seguía culpando de todo a Vladimiro Montesinos y negando que tuviera conocimiento o relación con las masacres que estremecieron al país, y que según él fueron ordenadas por su socio. AFF sabía lo que ocurría y como tal es responsable y debe responder. Más temprano que tarde deberá pagar por ello.

Ya no quedan dudas. Luego del video que registra el diálogo entre el periodista Umberto Jara y Santiago Martin Rivas, jefe del siniestro grupo Colina -video emitido en dos partes por el programa "En la boca del lobo" de César Hildebrandt-, hasta el más intonso ha quedado convencido de la participación directa de Alberto Fujimori en los peores episodios de la guerra sucia que puso al Estado y al terrorismo en el mismo nivel de horror.

Según testimonio del jefe de Colina, la decisión fue tomada por Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori en julio de 1990: se aplicaría la doctrina de Seguridad Nacional de los EEUU para combatir al terrorismo, para lo cual se convocó a los jefes militares que habían egresado de la Escuela de las Américas -con sede por entonces en la Zona del Canal- y que estaban familiarizados con esa doctrina y el modo de ponerla en práctica en la lucha contrasubversiva.

Un principio básico de esta doctrina consiste en no dejar ninguna acción del terrorismo sin contestar. Se aprobó así que por cada acción de SL se daría una respuesta militar, la cual encerraría un "mensaje" dirigido a los terroristas, que así sabrían que el horror causado ocasionaría como réplica un horror mayor. AFF fue autor intelectual y quien dio las órdenes, en su condición de jefe supremo de las FFAA, para las masacres.

El primer acto de terrorismo de Estado fue la masacre de Barrios Altos, efectuada contra inocentes, pero en un inmueble que había servido a SL como punto de reunión luego de un atentado. Después vino la retoma de Canto Grande, con Fujimori ordenando debelar a sangre y fuego la rebelión de los reclusos acusados y condenados por terrorismo, con la intervención de Colina para cumplir la orden y aniquilar a 28 cabecillas de SL detenidos (eliminaron a 35), a excepción de Osmán Morote, a quien se dejó herido porque se le creía rival de Guzmán. Vino después la masacre de los universitarios de La Cantuta y finalmente la recuperación de la residencia japonesa de manos del MRTA.

En dos de estos casos, la retoma de Canto Grande y la captura de la residencia del embajador nipón, las apariciones de AFF a pocos metros de decenas de terroristas rendidos y el paseíllo realizado en la residencia pasando por encima de los cadáveres de Néstor Serpa y otros del MRTA tuvieron valor de mensajes dirigidos a las cúpulas terroristas, mensajes que prometían combatir la barbarie con más barbarie.

Sin esta implicación personal del dictador no se entiende lo que vino luego: las condecoraciones y ascensos para los miembros de Colina y la indignante Ley de Amnistía, firmada a golpe de bíper por la mayoría fujimorista con el apoyo de algunos incautos. Eran la otra cara de una colaboración estrecha registrada al más alto nivel del Estado con la banda de asesinos que contaba con todas las bendiciones de Palacio y la complicidad de su titular.

Queda una pregunta. ¿Por qué Santiago Martín Rivas descubre todo esto ahora? Pues porque nada tiene ya que perder, pues es seguro de que caerá sobre él una durísima condena. Este contraste entre su situación y la de alguien como AFF, que disfruta de una fortuna malhabida en Tokio y a quien nadie persigue, ha impulsado al jefe de Colina a sacar la cara y decir todo lo que hasta hoy había callado.

El asunto permite dar un vuelco en la situación jurídica del ex dictador, que ahora deberá enfrentar una acusación por crímenes de lesa humanidad cuyos plazos no prescriben, lo cual podría influir en los tribunales japoneses a condenarlo y expulsarlo del país o a las autoridades a acoger el pedido de extradición hecho por el gobierno peruano y entregarlo a la justicia.

Pues se ha roto para siempre el velo de impunidad que alegaba poseer el ex mandatario, que seguía culpando de todo a Vladimiro Montesinos y negando que tuviera conocimiento o relación con las masacres que estremecieron al país, y que según él fueron ordenadas por su socio. AFF sabía lo que ocurría y como tal es responsable y debe responder. Más temprano que tarde deberá pagar por ello.