Sobre el Ministerio de Cultura

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@larepublica_pe

03 Ago 2005 | 14:00 h

"El debate sobre políticas culturales está en el centro de las preocupaciones mundiales. La UNESCO ha hecho aportes de singular importancia a este respecto".

Baldo Kresalja R.

Alejandro Toledo como candidato conoció de los numerosos trabajos que se realizaron acerca del diseño de una política cultural en el marco del CADE 2000-2001 sobre Educación y Cultura, que tuve el honor de presidir. En esa ocasión, se trabajó en una propuesta concreta sobre lo que debía ser una política cultural, la misma que eventualmente podía terminar con la creación de un Ministerio. Aportes posteriores han ido en el mismo sentido. Durante cuatro años ha ignorado, al igual que la demanda para la creación de un Museo de Ciencia y Tecnología, refugiándose en ocasiones en un gaseoso mensaje de connotaciones seudo indigenistas de carácter reaccionario.

Sin embargo, las críticas que varios políticos vienen realizando al anuncio de Toledo, salvo las justificadas referentes a evitar gastos inútiles y a aumentar innecesariamente los empleos públicos, son superficiales y adolecen de una visión de futuro.

Un Ministerio de Cultura para el siglo XXI, en un país de la riqueza histórica, social y cultural del Perú no está destinado única ni principalmente a administrar asuntos vinculados al pasado, sin por ello dejar de reconocer su gran valía. La protección y administración de monumentos –sobre los que las generaciones actuales no tienen mérito alguno, salvo la casualidad de haber nacido en este territorio–, la recuperación y conservación del acervo musical y pictórico, y otras actividades similares son de gran importancia, pero solo un cimiento para la creación artística contemporánea, un referente para la reflexión filosófica o política, un horizonte que puede servir de impulso para la investigación científica.

El fenómeno cultural de nuestros días no se asienta en la “producción” estatal, sino en la individual y en la institucional (universidades y empresas, por ejemplo). El Estado promociona y canaliza iniciativas, defiende el libre acceso a la ciencia, tecnología, arte, etc., lucha para que sus jóvenes puedan gozar de las maravillas que ha producido el genio de nuestra especie. Es una tarea gigante e indispensable, que nadie puede –por ahora– hacer mejor que el Estado. Más allá, entonces, de la polémica sobre la conveniencia o no, en el ámbito del comercio, de la “excepción cultural” promovida por algunos países europeos, lo que nos debe interesar es acercarnos al mundo de la formación de los educandos, al de las industrias culturales o empresas creativas, de las cuales son parte, por ejemplo, las buenas empresas periodísticas modernas.

En el mundo de las industrias culturales se entrecruzan la creación artística, la más variada información, las modernas tecnologías y los derechos intelectuales, los mensajes y opiniones de las comunidades, los grupos humanos y los individuos, los intereses de las multinacionales y de los gobiernos poderosos. A través de ellas se puede promover, como lo hacen las familias y los líderes auténticos, una ética de mínimos que a todos nos convoque, que nos permita tolerarnos unos a otros, vivir en paz. Su funcionamiento y éxito se vincula con la identidad de los pueblos y con el lugar que éstos desean ocupar en la sociedad del conocimiento. En países como los EEUU, donde se unen fenómenos empresariales de carácter tecnológico y artístico como son Hollywood y Microsoft, las industrias culturales, que apasionan a sus jóvenes creativos, tienen una inmensa importancia económica, laboral y son la imagen, el mensaje y el logo de esa sociedad.

El debate sobre políticas culturales está en el centro de las preocupaciones mundiales. La UNESCO ha hecho aportes de singular importancia a este respecto. Tanto la propuesta de Toledo como las críticas a ella parecen olvidar ese contexto. Una lástima. El Perú necesita un Ministerio de Cultura y de una política cultural. No se requiere un Ministerio de Turismo. En el Perú, el turismo de hoy y de mañana será fundamentalmente cultural. No podemos competir con las playas del Caribe ni con las ofertas múltiples de Nueva York o Berlín. En unión de la recreación y el deporte forman parte de ese entramado lógico de un Ministerio de Cultura.

El Congreso actual podría aprobar su creación y ordenar que comience a funcionar el 28 de julio del 2006. Así no habría –al menos por ahora– crecimiento burocrático y los partidos e instituciones podrían preparar con antelación sus propuestas, estimar su presupuesto y seleccionar a sus expertos. Los jóvenes del Perú y su futuro así lo requieren.