Aislados, pero no solos

“Si el objetivo es claro y la estrategia es ejecutada por cada uno, en lo que le toca, se puede vencer”.

Rosa Palacios
22 Mar 2020 | 6:36 h

Hoy domingo se cumplen los primeros 7 días de la cuarentena más severa que recuerde el Perú. La impresión de los primeros tres días era que el gobierno lanzaba iniciativas, casi en borrador, y luego normaba. Muchas dudas e incertidumbre unieron la frustración de querer cumplir, y no saber cómo hacerlo, al ya extendido pánico. Poco a poco el gobierno organizó un sistema de permisos de tránsito para servidores esenciales; un toque de queda (aunque no guste el nombre) acatado casi con unanimidad; una bonificación de 380 soles para 3 millones de familias (el 80% de la PEA del país es informal y millones comen de lo que sacan del día); y compras veloces y extraordinarias como las pruebas rápidas, respiradores y montaje de nuevos centros de salud. En medio de esto, el cambio de la Ministra de Salud.

Empezó en desorden, pero en el transcurrir de los días, el Presidente Vizcarra se ha ganado no solo el respeto del pueblo. Ha ganado algo mucho más valioso: su confianza. Puedes no saber de epidemiología o estadística.

Puedes tener miedo, confusión o frustración. Pero en las conferencias del mediodía (una suerte de nuevo Ángelus) se ve que hay un líder a cargo. Todo pueblo aguanta los peores sacrificios si sabe que no hay otra forma de derrotar a un enemigo. Si el objetivo es claro y la estrategia es ejecutada por cada uno, en lo que le toca, se puede vencer. Pero el liderazgo es imprescindible y Vizcarra, en crisis, lo tiene.

El jueves se conocieron los primeros fallecimientos a los que, con mucha pena, se unirán otros. Las estadísticas no perdonan. Pero mientras menos sean los contagiados dentro del grupo de riesgo y mejor atención en la Unidad de Cuidados Intensivos exista, menos serán las muertes. La sensación, comparando lo sucedido en Italia y España, es que aquí se ha actuado a tiempo. Somos el primer país de América en cuarentena estricta, aunque esta semana se unieron otros. Será inevitable que en una semana todo el continente esté aislado. Hasta los más reacios tendrán que hacerlo. Solo se vence si se disminuye la velocidad del contagio (no el contagio mismo) y eso requiere del esfuerzo colectivo, no de una ciudad, ni de un país.

El esfuerzo es de toda la humanidad. De ahí la extraordinaria hora que nos toca vivir.

¿Qué pasara mañana, en 7 días, en un mes, en un año? La incertidumbre, esa hermanastra del miedo, nos va a comer la cabeza en estos días de encierro. ¿La respuesta más certera? Nadie lo sabe. Lo que sabemos es que las epidemias se viven día a día. No se puede, ni se debe, quemar etapas. Se toma decisiones, con toda calma, con la información confiable que se tiene. Un día a la vez. Una respiración a la vez.

¿Qué no sirve? No ayuda el pánico que inmoviliza y discrimina. Menos ayuda el triunfalismo del “ya sale la vacuna”, “ya tenemos el remedio”. Lo que sí ayuda es saber que estando aislados no estamos solos. Que a las 8 p.m. cuando salimos a aplaudir y escuchamos, sin poder ver, a nuestros vecinos, ellos están ahí. Ayuda saber que la digitalización del mundo ha puesto en nuestras manos herramientas de conexión que ninguna generación tuvo. Ayuda tener fe en Dios, pero también en la ciencia y en el esfuerzo extraordinario y compartido de miles de científicos alrededor del mundo luchando juntos. Ayuda mirar desde la ventana los increíbles cielos azules que la ausencia de polución nos regala. Ayuda el silencio que trae el rumor de sonidos lejanos.

Esta, a pesar de todo, puede ser nuestra mejor hora.