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Pérez de Cuéllar: “Soy un producto de Torre Tagle químicamente puro”

Un libro de cabecera y el deseo del ex secretario de las Naciones Unidas de ser recordado por su servicio a la diplomacia peruana.

Jalbi Romero Mayuri
05 Mar 2020 | 21:17 h

Javier Pérez de Cuéllar ha muerto a los cien años de edad. La diplomacia peruana —el Perú ciertamente— está de luto. Sin embargo, a la vez se siente dichosa. Sabe que Javier Pérez de Cuéllar existió y que sirvió al país representándolo en sus relaciones con el exterior. Dejó un legado, y eso es lo que cuenta. Siempre.

Y en su legado, hay también episodios que, pese a la luctuosa coyuntura —o tal vez por ella—, es preciso, si no bueno y hasta saludable, recordar. Particularmente las anécdotas de la vida del ilustre peruano de proyección universal.

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Diplomático epónimo

La República conversó con el embajador en retiro Harry Belevan-McBride, antiguo compañero de Javier Pérez de Cuéllar en el servicio diplomático del Perú, y veinticinco años menor que él.

Más allá de absolver la consulta que este diario le hizo —una apreciación sobre la trascendencia, la importancia del ex secretario de las Naciones Unidas en la diplomacia peruana—, el también escritor y docente contó tres anécdotas sobre el diplomático peruano de mayor proyección universal.

“Yo tuve el privilegio de trabajar muy de cerca con él en toda la llamada crisis centroamericana, y también —y lo digo con mucho orgullo—, yo fui quien propuso darle su nombre a la Academia Diplomática del Perú”, cuenta el embajador Belevan-McBride a La República.

Efectivamente, la Academia Diplomática del Perú fue bautizada con el nombre de Javier Pérez de Cuéllar en el 2011, con resolución suprema del expresidente Alan García.

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La recomendación, según cuenta Belevan-McBride a La República, se la planteó primero al excanciller José Antonio García Belaunde, y luego este la trasladó a Alan García, quien, por resolución suprema, adjudicó el nombre de Pérez de Cuéllar al centro de formación de diplomáticos para le Perú.

"No fue el único nombre que propuse, por supuesto, pero era el único de una persona viva. Propuse nombres de diplomáticos ya fallecidos de gran trascendencia, como Víctor Andrés Belaunde, Raúl Porras Barrenechea, Ulloa, Solf y Muro, en fin. Pero el único vivo era él. Eso fue en el 2011″, señaló el diplomático.

Un libro para Pérez de Cuéllar

La segunda anécdota sobre Javier Pérez de Cuéllar que el embajador Belevan-McBride compartió con La República contiene un aspecto que, según señala, no se ha recogido ni en los libros que se han escrito sobre él.

“Era un gran lector. Es lo que puedo recordar. Un francófilo, como yo. De manera que teníamos muchas afinidades”, cuenta a este diario el diplomático.

Acto seguido, el embajador narró a La República una confesión que Pérez de Cuéllar le hizo una vez en la intimidad de la amistad.

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“Un anécdota, si vale la pena recordar, ¿no? Es sobre su libro de cabecera, cosa que nadie ha citado ni siquiera en libros que se han escrito sobre él. Recuerdo que me dijo, ‘si tuviera que escoger un libro, escogería Memorias de Adriano’, de Marguerite Yourcernar. Era el libro que más le gustaba, entre muchos otros libros. Pero siempre recordaré que me dijo que si tuviera que escoger un solo libro, sería ese”, contó el embajador Belevan-McBride.

Embajador a secas

La tercera y última anécdota sobre Pérez de Cuéllar compartida por el embajador Belevan-McBride a La República pinta de cuerpo entero la pasión del ex secretario general de las Naciones Unidas con su profesión: la diplomacia.

“Él siempre dijo, y esta sí es una frase de él: ‘Yo soy un producto de Torre Tagle químicamente puro’”, recuerda el embajador Belevan-McBride.

Torre Tagle, como se sabe, alude al Palacio de Torre Tagle, sede principal del Ministerio de Relaciones Exteriores y, por lo demás, referencia directa al servicio diplomático peruano.

La sentencia de Pérez de Cuéllar sobre su determinación diplomática, explica el embajador Belevan-McBride, es fundamental para comprenderlo y, sobre todo, para tenerlo presente en la historia.

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“Él no quería ser tratado de doctor, de secretario general. Él era embajador y ese era el título que él quería, y por supuesto siempre lo tratamos de embajador, incluso los que éramos cercanos a él”, cuenta.

“No tiene una obra académica como la pudo tener Porras o Alberto Ulloa Sotomayor o Víctor Andrés Belaunde, u otro tipo de obras. No fue un académico. Fue un diplomático, como él mismo siempre quiso que lo recordaran. Un diplomático. No un diplomático y académico y escritor o historiador. No. Un diplomático. Y esa fue, veinticuatro horas al día, su carrera”, señala el embajador Belevan-McBride.

Testimonio de una amistad

“Mi vínculo con Javier Pérez de Cuéllar era cercano, de trabajo y, también, durante estos años, cuando regresé del exterior y pasé al retiro [del servicio diplomático], pues lo visitaba todos los meses".

“Cuando yo ingresé a la Cancillería, el primer trabajo que tuve fue con él justamente, cuando era secretario general de relaciones exteriores, en 1969, junto antes de que se fuera de embajador a Moscú”.

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"Sí, tenemos la suerte de no solo que nuestra Academia Diplomática lleve su nombre, sino también el hecho de que haya sido el único latinoamericano, hasta estos momentos, que ha sido secretario general de las Naciones Unidas. O sea que sí es alguien muy importante y trascendente en la diplomacia peruana, y en la historia de la diplomacia peruana republicana y latinoamericana también, por extensión”.

“Él está en la delegación peruana como un joven diplomático de apenas 25 años, en 1945, que va a San Francisco, donde su funda y se crea las Naciones Unidas. Estaba predestinado a las Naciones Unidas desde el inicio mismo de su carrera”.

Pérez de Cuéllar, el ejemplo

Para Alejandro Neyra, diplomático de carrera, exdirector de la Biblioteca Nacional y exministro de Cultura, la presencia de Javier Pérez de Cuéllar, su imagen y ejemplo, fueron determinantes para su formación, según señaló a La República.

En breve comunicación con este diario, Neyra recordó que Pérez de Cuéllar fue “un modelo de diplomático”, pero, ante todo, “un hombre con gran sentido de responsabilidad y compromiso con el país”.

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“Incluso luego de ser secretario general de Naciones Unidas, aceptó ser el premier y canciller del gobierno de transición”, recordó Alejandro Neyra.

Para el momento en que el expresidente Valentín Paniagua convocó al epónimo diplomático, vale recodar, este tenía ya 80 años, y su condición en el servicio diplomático nacional era ya de retiro, aunque continuaba en funciones.

Justamente el compromiso de Javier Pérez de Cuéllar con el Perú al aceptar la dirección del Gobierno de transición, es uno de los aspectos que Neyra tiene presente para considerar al ex secretario general de la ONU como un paradigma diplomático.

“Fue entonces cuando ingresé al servicio diplomático y fue para toda mi generación el mejor ejemplo de servidor público que amaba al Perú y a su institución”, señaló Neyra.