¿Cambiará el Perú?

“Lo primero es establecer con claridad qué es lo que estuvo mal. En el caso de Alberto Fujimori la sanción penal no fue acompañada de la sanción social”.

Rosa Palacios
01 Mar 2020 | 5:56 h

Los extranjeros que siguen con atención la política peruana suelen mostrarse admirados por sus logros económicos (reducción de la pobreza, sana política fiscal) pero, sobre cualquier otro triunfo, por sus logros en materia anticorrupción. “¡Ustedes los meten presos!”, dicen sorprendidos cuando se les explica el estatus de los casos de Fujimori, Toledo, García, Humala y Kuczynski. Suelo insistir en que para un peruano no hay mucho orgullo en estas noticias. Por el contrario, es una enorme vergüenza.

La pregunta, sin embargo, que puede cambiar nuestra mirada vergonzante me la hicieron hace poco. ¿Crees que después de todo el Perú va a cambiar? Es decir, después de Lava Jato y Cuellos Blancos; después del valiente Equipo Especial y las fiscales del Callao que nos presentaron la mafia de los hermanitos; después de todas las confesiones de Odebrecht y todas las colaboraciones eficaces que seguro seguirán; cuando todos los juicios concluyan y todas las sentencias estén firmes, cuando la verdad (o casi toda la verdad) se conozca; en ese momento, ¿el Perú será otro?

¿Habrá valido la pena? Si vemos los antecedentes históricos, no hay mucha esperanza. El proceso anticorrupción más reciente fue el Fujimori-Montesinos. Desde el punto de vista de la persecución del delito, de la recuperación de lo robado y de las sentencias efectivas, es un caso de innegable éxito. Pero, ¿cambió la moral pública? ¿Por qué después de una experiencia tan aleccionadora e inmediata como esa los sucesores de Fujimori hicieron lo mismo? ¿Cómo se puede entender que después de contemplar el destino triste de Alberto Fujimori, el mismo Toledo pidiera una coima por la interoceánica que ya bordea 35 millones de dólares? ¿Por qué todos los expresidentes aceptaron financiamiento no declarado? ¿Por qué García creó una nueva red de testaferros? ¿Por qué Kuczynski no entendió qué cosa es tráfico de influencias? ¿O por qué Susana Villarán no tuvo el discernimiento moral para entender que no podía aceptar el financiamiento de proveedores de la misma municipalidad sin cometer delito? La misma Keiko Fujimori, teniendo a su padre preso, ¿por qué arriesgó su libertad vendiendo su campaña a todo postor?

Si queremos que todo cambie, de verdad, hay tareas pendientes, que no pueden fallar esta vez. La naturaleza humana tiene una inclinación al mal. Eso es inevitable. Pero, una sociedad tiene que hacer que esa inclinación sea marginal; es decir, lo extraordinario y no la norma. La persecución y sanción son un remedio eficaz, pero no el único.

Lo primero es establecer con claridad qué es lo que estuvo mal. En el caso de Alberto Fujimori la sanción penal no fue acompañada de la sanción social. Extensos grupos de electores consideran injusta esa prisión. No en vano la hija casi gana las elecciones. La moral pública se construye sobre un consenso amplio y no en un juzgado. Luego, es imprescindible mostrar equidad en el trato. Los juicios son percibidos como políticos cuando no se trata a todos por igual. El que anda por el camino de la corrupción cree que su conducta resultará impune. El tener la convicción que, a igual conducta, igual resultado, cambia todo. Finalmente, la justicia debe ser oportuna. Esta es la mayor debilidad del actual proceso. Investigaciones fiscales de seis años están fuera de todo plazo razonable. El transcurso del tiempo solo sirve para destruir la vida de inocentes y darles ruta de escape a los culpables.

¿Cambiará el Perú? Esa es nuestra esperanza, pero aún no mi certeza.