¿El APRA nunca muere?

“No caigamos en la tentación de proclamar el deceso del PAP. Más bien rescatemos lo que hubo en su rebeldía inicial”

Rafael Roncagliolo
22 Feb 2020 | 6:28 h

El calibre de la actual renovación de la política peruana puede medirse por la ausencia, en el nuevo Congreso, de las dos fuerzas que más se habían jactado de sus linajes doctrinarios: el Partido Popular Cristiano (PPC) y el Partido Aprista Peruano (PAP).

En cuanto al PAP, hoy, 22 de febrero, se conmemora el natalicio de su fundador, que de vivir estaría cumpliendo 125 años de edad. Dos lemas principales resuenan a lo largo de la longeva trayectoria del partido: “El APRA nunca muere” y la sigla SEASAP: “Solo el APRA salvará al Perú”. El primero fraguaba los ánimos en los tiempos más duros y oscuros de la sacrificada aurora partidaria. La segunda alentaba el entusiasmo, excluyente y vanidoso, en los momentos de ilusión triunfalista.

Hoy, claro está, el partido ha caído en su foso más hondo: por primera vez, desde su surgimiento oficial, en 1931, no obtiene ningún parlamentario. Hay dirigentes investigados por supuestos delitos comunes y su enorme presidente se ha suicidado.

Sin embargo, el Partido Aprista Peruano fue el partido mayor del Perú de las nueve últimas décadas, así como el Partido Civil había sido el gran partido de fines del XIX y las dos primeras décadas del XX.

El Partido Civil se volvió sinónimo de la vieja oligarquía. El PAP olvidó sus orígenes entre los empobrecidos trabajadores agrícolas de La Libertad y los obreros de Vitarte. Terminó convertido en servicial aliado de sus principales enemigos y perseguidores: Manuel Prado, Manuel A. Odría, Alberto Fujimori.

La proverbial austeridad de Haya de la Torre se diluyó en la ostentosa opulencia de generaciones posteriores. Y sus contradicciones, siempre oportunas, hicieron de su pensamiento un galimatías que daba para todo. En particular, mientras se mantuvo clandestino “El antimperialismo y el APRA”.

Pero Haya tenía vena de político: cuando hablaba del espacio tiempo histórico aludía a la necesidad de pensar desde fuera de las coordinadas eurocéntricas de Marx y la Ilustración europea. Se interesaba en México y en la China. Hablaba de Indoamérica.

Y luego, tenía la ambición y los celos del político de acción, que es también, por naturaleza, un maestro ansioso de discípulos. Si pactó con tanto fervor con sus más acérrimos exenemigos fue, posiblemente, por ese afán compulsivo de poder, que forma la segunda piel de los políticos. En este aspecto no tuvo los mejores continuadores. Fue reemplazado, más bien, por quienes llegaron al APRA pletóricos de la pura ambición.

El APRA no fue solo un partido. Fue una fraternidad y una cultura. Se decía que en cada pueblo del Perú había una capilla, una comisaría y un local del PAP. Estos locales fueron abandonados por los “militantes puros y sinceros” y tomados por los nuevos dueños del partido.

No caigamos en la tentación de proclamar el deceso del PAP. Más bien rescatemos lo que hubo en su rebeldía inicial, antes de sus largos períodos de fratricidios y vergüenzas inocultables. Que, por cierto, fueron también imitadas por otros partidos latinoamericanos que se forjaron a su imagen y semejanza en Venezuela, Costa Rica y otros países.“No caigamos en la tentación de proclamar el deceso del PAP. Más bien rescatemos lo que hubo en su rebeldía inicial”.