El primer error es el último

“Las explicaciones del ministro Zevallos son delirantes. Primero, el cambio de cuatro ministros no tiene nada que ver con Odebrecht”.

Rosa Palacios
16 Feb 2020 | 6:07 h

Las gestiones responsables del procurador Jorge Ramírez para lograr que se pueda garantizar el pago de la reparación civil correspondiente por el caso gasoducto se estrellaron con su destitución, de la que se enteró, como suele suceder en este gobierno, por el diario oficial. Cortesía omitida hacia él, el procurador contó su historia. Un relato detallado de la clásica y profunda cobardía ministerial que impide a este gobierno tomar cualquier decisión. Un cuento de miedosos y espantados, digno de la tragicomedia que se desató al día siguiente.

Pues resultó que la “sorpresiva” solicitud de arbitraje presentada por una filial de Odebrecht ante el CIADI no era sorpresa alguna. Sabían lo que venía no solo fiscales y procurador. Fueron informados los ministros de Energía y Minas, Justicia, Economía y Finanzas, presidente del Consejo de Ministros y hasta el mismo presidente de la República. ¿Qué decidió el Ejecutivo ante el aviso oportuno? Nada, salvo botar al procurador.

Sin embargo, como bien sabemos que matando al mensajero no desaparece el mensaje, el presidente del Consejo de Ministros, ahora sí, pasó a la acción. Como está visto que arrojar cadáveres de ministros sobre la multitud gusta al pueblo y siendo evidente que el renunciante ministro de Energía y Minas era insuficiente, era hora de buscar otros sacrificios humanos. Bastó que la ministra de Justicia corroborara el relato del procurador y que nos contara que ella se enteró de la largada del mismo a la misma hora que todos nosotros, para que quedara en evidencia que el flamante procurador Soria no le tiene el más mínimo respeto. La botaron. Hasta ahí, faltaba en la línea del mismo disparate que se pusieran en fila para el patadón la ministra de Economía y Finanzas y el propio presidente del Consejo de Ministros. ¿No eran ellos lo que todo sabían y nada hicieron?

Pues no. Botaron al ministro de Transportes (por segunda vez en este gobierno y casi por lo mismo) y, sin mediar explicación alguna, a la ministra de Educación, quien ejecutó el 2019 el 90% de su propuesto, se enfrentó políticamente al conservadurismo más salvaje del Congreso disuelto que no pudo censurarla, tuvo paz laboral en un complicado sector y, además, aunque no sea solo su mérito, levantó en su gestión todos los indicadores en las mediciones de calidad. Expulsada a 15 días del inicio del año escolar, su reemplazo es un buen funcionario, pero el temor es que solo se esté desvistiendo un santo para vestir otro.

Las explicaciones del ministro Zevallos son delirantes. Primero, el cambio de cuatro ministros no tiene nada que ver con Odebrecht. ¿Si reconoce lo contrario no tendría que irse él? Segundo, que respaldan la labor de procuradores y fiscales y a renglón seguido que el Ejecutivo no negocia con corruptos. ¿Y qué cree que hacen esos procuradores y fiscales a los que tanto dice apoyar? ¿Cómo cree que se consigue información? Y tercero, que esta no es una crisis sino un “refresco”, “reingeniería”, “oxigenación”.

La incesante rotación de ministros desde el 2016 ha logrado un resultado inesperado. Los ministros se han vuelto irrelevantes y prescindibles. El verdadero poder está en niveles más bajos de la administración. El presidente los busca en la misma burocracia porque fuera de ella, difícil que alguien le aguante el maltrato. Los que acepten tiene que subordinar cualquier decisión a mantener la popularidad del presidente sin partido. Un gobierno de sobrevivencia donde los ministros deben recitar cada día el lema de la UDEX: “El primer error es el último”.