Con el enemigo adentro

“Estamos ante un Gobierno que debería sentirse sólido, pero ha decidido ser débil”.

Raúl Tola
15 Feb 2020 | 3:31 h

Uno habría imaginado que, luego de su triunfo sobre el legislativo, Martín Vizcarra habría tenido pista libre para gobernar a sus anchas y que, desaparecido su principal obstáculo, podría concentrar todos sus esfuerzos en la solución de los problemas de los peruanos.

Esto no ha sido así, como quedó claro esta semana. A falta de enemigos externos, han sido los fantasmas que anidan al interior del propio gobierno los que lo han llevado a una crisis de la que sale muy mellado, transmitiendo una preocupante imagen de anarquía y debilidad extrema.

Al ejecutivo le ha pasado factura su absoluta adicción de las encuestas de opinión pública. En su momento, era lógico que Vizcarra aspirara a contar con una alta aprobación: esa legitimidad le servía en su confrontación con el Congreso de mayoría opositora. Pero ese trance quedó atrás y la desesperación por la popularidad se ha mantenido, incluso se ha agudizado, convirtiéndose en un verdadero lastre para un gobierno que no se atreve a tomar decisiones difíciles y opta por bajar la cabeza ante la inminencia de cualquier crítica, aunque provenga de medios minoritarios y expresamente vinculados con intereses mafiosos.

Las consecuencias de esta actitud han sido dramáticas y han llegado a su cúspide esta semana. Al mostrarse incapaz de respaldar a sus ministros y optar por sacrificarlos ante el menor problema, el gobierno produce un doble efecto: ahuyenta a posibles candidatos a asumir una cartera y hace que los distintos sectores vivan en el caos, con sus equipos técnicos rotando permanentemente, imposibilitados de concretar las políticas públicas más urgentes. La conclusión es que el papel paralizante que antes cumplía el fujimorismo con sus caprichosas y permanentes interpelaciones ahora lo cumple el propio ejecutivo con sus dudas y retrocesos.

Estamos ante un gobierno que debería sentirse sólido, pero ha decidido ser débil. Un gobierno al que le tiemblan las piernas cuando oye la palabra «Odebrecht» y, en vez de mostrar firmeza y seguir empujando la lucha contra la corrupción, es capaz de autogenerarse un temporal que ocasiona la salida de un procurador y varios ministros. Un gobierno que, por increíble que parezca, extraña la confrontación contra el Congreso obstruccionista, pues esta le garantizaba una agenda que le daba consistencia y orden. Un gobierno que tiene todas las condiciones para ser exitoso, pero no parece notarlo.

A estas alturas, la pregunta que con urgencia debería hacerse Martín Vizcarra es sencilla: ¿para qué quiere una aprobación alta? ¿Para qué necesita mantener el 63% de aceptación que ahora mismo tiene? ¿Para colgar la encuesta en la pared y felicitarse o para emplearla como una herramienta que le ayude a mejorar las condiciones de vida de los peruanos y luchar contra la corrupción? Que se aclare pronto.