Ministros que se esfuman

“Todo indica que los cambios acelerados en el gabinete van a continuar, impulsados por la marea de escándalos que lidera Odebrecht”.

Mirko Lauer
14 Feb 2020 | 5:43 h

La salida de cuatro ministros desde octubre sugiere que también estamos presenciando una disolución del gabinete. A Martín Vizcarra no le tiembla la mano a la hora de pedir renuncias, y en algunos medios se ha vuelto habitual pedir la cabeza de algunos de los que siguen en el cargo. Una suerte de crisis ministerial permanente.

Además hay una dosis de descuido en los nombramientos, como sucedió con el ministro de Energía y Minas que acaba de renunciar al cargo. Los nombramientos vinculados, aunque sea tangencialmente, con la construcción (¿qué sector no lo es?) hoy son muy delicados.

Unos pocos ministros son parte del cogollo presidencial, y su permanencia en el cargo parece garantizada. Pero como los demás no representan partidos, ni suelen ser figuras con peso propio en la política, ellos se encuentran especialmente desprotegidos frente a destapes del pasado, metidas de pata, o conflictos que pueden afectar a Palacio.

Aunque su gabinete ha alojado, y aloja todavía, personas de calidad profesional, Vizcarra nunca ha tenido interés por un gabinete que proyecte la imagen de un cuerpo de élite. Sus designados han respondido manteniendo un invariable perfil bajo, con la esporádica excepción del primer ministro. Una selección ideal para cruzar las peligrosas aguas de aquí al 2021.

Podría pensarse que esta medianía política se debe a que, por peligrosas o poco lucidas, las carteras no interesan a las figuras particularmente destacadas. Pero quizás Vizcarra lo quiere así: un equipo con experiencia profesional, dentro o fuera del Estado, pero con una trayectoria de muy poco contacto con la política. Algo así como tecnócratas de segunda línea.

Es sintomático, por ejemplo, que Vizcarra se sienta cómodo obviando su cupo de embajadores políticos, y enviando a todas las plazas diplomáticas a funcionarios de carrera. En cierto modo es un problema menos, pero tal vez dice mucho acerca de sus opiniones sobre lo que conviene en las relaciones entre política y servicio público.

Todo indica que los cambios acelerados en el gabinete van a continuar, impulsados por la marea de escándalos que lidera Odebrecht y por la habitual sed de triunfos políticos del Congreso. Es obvio que habrá interpelaciones, y hasta censuras. En ese pulseo de poderes probablemente presenciaremos más de una defenestración preventiva.

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