Elecciones ¿Qué festejamos?

“Si se miran estas elecciones, no con los ojos del corto plazo, se podría decir que se han juntado la fragmentación política con la crisis de representatividad de los partidos”.

Alberto Adrianzén
06 Feb 2020 | 2:29 h

Luego de la disolución del Congreso el 30 de septiembre del año pasado muchas y muchos pensaron que el futuro político del país cambiaría radicalmente. El fin de la “hegemonía” de una mayoría abusiva, corrupta y artificial en el Congreso, como la del apro-fujimorismo, fue algo así como el inicio de un futuro distinto que tenía que ser complementado con una nueva elección legislativa. Era pues la oportunidad que se buscaba para cambiar una representación política en el Congreso que una mayoría de peruanas y peruanos repudiaba abiertamente.

Como todo en la vida, depende del cristal y del lugar desde donde se mire. Desde el punto de las relaciones ejecutivo-legislativo el resultado no es negativo. El gobierno acabó con el obstruccionismo apro-fujimorista, pero sobre todo con la amenaza de una vacancia presidencial que siempre estuvo en la mira de estos grupos opositores. Y si bien los resultados favorecen en ese sentido al ejecutivo, hay que decir que el futuro en este nuevo juego de fuerzas sigue siendo impredecible.

Pero si miramos desde el punto de cómo queda la democracia y los partidos políticos en el mediano y largo plazo, el resultado no está para festejar y sí más bien para preocupar.

Según un artículo de Carlos Alberto Adrianzén GB, publicado en la revista Nueva Sociedad (febrero, 2020), “mientras que las tres primeras fuerzas políticas aculaban 84% de las bancadas (en el 2016), hoy los tres primeros (partidos) solo 47%. Mientras que hace cuatro años la primera fuerza política logró 56% de los escaños, el 26 de enero el partido más votado ha obtenido tan solo 19% de los asientos al Parlamento. Mientras que en el Congreso pasado la distancia entre el partido más votado y el menos votado fue de 29 puntos porcentuales y de 68 bancadas congresales, en estas elecciones dicha distancia es de 4 puntos y de 16 bancas. Respecto al periodo anterior el Congreso es hoy más fragmentado que el que se inició en 2016”.

Sin embargo, el único problema no es solo la fragmentación, sino también la poca representatividad de los partidos. AP, el ganador de estas elecciones, obtuvo el 8,39% de los votos emitidos. Ese mínimo porcentaje le alcanza para tener posiblemente el 20% de representación en el Parlamento con una bancada de 25 miembros. Sin embargo, “el partido de la lampa es la primera fuerza legislativa que registra el más bajo porcentaje de votos emitidos en los últimos 20 años” (El Comercio: 03/02/20). El FREPAP representa el 6,68% de los votos emitidos. El Partido Morado el 5,97%. Frente Amplio: 5,04%. Juntos por el Perú: 3,87%. Y en lo que respecta al voto a la mujer este pasó de 27% en las elecciones de 2016 a 25,4% en estas elecciones. El resultado es que el número de mujeres en el Congreso bajaría de 36 a 30 mujeres.

Por eso, si se miran estas elecciones, no con los ojos del corto plazo, se podría decir que se han juntado la fragmentación política con la crisis de representatividad de los partidos. “Dicho de otra manera, la crisis de la democracia se ha profundizado y ha mostrado a la democracia tal como es: frágil, escasamente representativa, adicta a los caudillos y permisiva con el transfuguismo y con los “invitados” cuando hay elecciones. Tenemos una democracia con actores políticos débiles, divididos, fragmentados y desconectados de la sociedad. En realidad, este proceso lo vivimos desde el año dos mil y nos condena a una suerte de transición perpetua, a un “deja vu” una y otra vez.