Un Perú sin Cipriani (y III)

“No se puede negar que Cipriani pertenece a la vieja escuela del Opus Dei, esa sí partidaria del secretismo, del dogmatismo...”.

Pedro Salinas
12 Ene 2020 | 4:35 h

“Que Cipriani sea como es no significa que todos en el Opus seamos así. La institución se ha flexibilizado mucho”, me comentó hace algunos años un buen amigo que pertenece a la Obra como sacerdote. Lo mismo, o algo muy similar, me lo dijo luego una autoridad de la fundación de Escrivá, cuando aún no habíamos publicado, junto con Paola Ugaz, la investigación sobre el Sodalitium. Presumo que este jerarca opusdeísta suponía que íbamos a vincular a las dos organizaciones, cosa que jamás se nos pasó por la cabeza a Paola o a mí. Siempre nos quedó clarísimo que el Sodalicio era mucho más radical y sectario que el Opus.

No obstante, no se puede negar que Cipriani pertenece a la vieja escuela del Opus Dei, esa sí partidaria del secretismo, del dogmatismo, del autoritarismo, de las opiniones intransigentes, de la misoginia, de la homofobia, de la obediencia ciega, del integrismo, de la ortodoxia acrítica, de codearse con los ricos y poderosos, de acumular dinero y propiedades y poder, de la descalificación de quienes no piensan igual, del periodismo servil, del elitismo, del clasismo, del negacionismo de la sexualidad, y en ese plan.

Más todavía. Cipriani se niega a separar iglesia y Estado. Pues pretende que sus categorías colectivas basadas en un catecismo rígido definan de manera concluyente la vida de los peruanos, a quienes ve como ovejas de un rebaño, y no como individuos libres.

Encima, o como consecuencia de una “formación” en la que se alienta a no pensar por sí mismo ni a tener ideas propias, Cipriani resultó siendo un plagiario de tomo y lomo, como reveló en su momento el portal Útero.pe, en el 2015, razón por la cual el entonces director de El Comercio, Fernando Berckemeyer, lo expectoró sin dudarlo un segundo de su lista de colaboradores habituales.

Como sea. Ahora corre el rumor de que se iría del país, bajo la política eclesial del promoveatur ut amoveatur, que en lenguaje vaticano consiste en sacar de en medio a una persona considerada incómoda, promoviéndola a una posición aparentemente importante, aunque simbólica. No sé si sea cierto. Ni me importa mucho, la verdad. Pero si ello ocurre, créanme que me alegraría enormemente por la iglesia católica en el Perú.