La primavera feminista, parte I

05 Ene 2020 | 5:27 h

“La tuerca de la historia ya dio vuelta y no hay marcha atrás. Pero falta mucho por acometer: el contragolpe machista y conservador dispuesto a no perder poder”.

La década que dejamos atrás tiene entre sus revoluciones más importantes la de la masificación de la conciencia de la violencia contra la mujer. Como dice Gaby Wiener, en este magistral recuento en el New York Times https://nyti.ms/2FlqLdj, fue la década del #NiUnaMenos y del #MeToo. Fue la década en que la denuncia rompió fuego y se volvió no solo masiva, intercontinental y mediática, sino que gracias a su ubicuidad en medios de comunicación y redes sociales entró en agenda pública, adquirió poder y pudimos comprobar en tiempo real cuánto sufrimiento acallado, cuánto dolor y humillación, cuánto miedo contenido, cuánto de sujeción y abuso en lo privado compartíamos mujeres de distintas culturas, geografías, edades e ideologías.

La denuncia social se hizo carne. Mujeres con nombres y apellidos rompieron el silencio, a veces de décadas, para denunciar a hombres poderosos con nombres y apellidos. Es cierto que el #MeToo fue un movimiento viralizado desde EEUU por mujeres blancas (2017) con cierto poder en la industria cinematográfica, es decir, que pudieron hacer uso de ciertos privilegios de clase y color para enfrentarse al poder abusivo dominante. Poder contra poder. Un poder del que ellas disponían gracias a su talento, pero también a los accesos ganados por las luchas femeninas del pasado. Gracias a ese poder por primera vez se atrevieron a denunciar a un megapoderoso productor de la industria, Harvey Weinstein, por sus abusos sexuales seriales (su juicio inició en estos días).

Igual de cierto es que el #NiUnaMenos, viralizado desde Latinoamérica, tenía connotaciones más tanáticas, porque fue no solo la violencia sexual sino el feminicidio –sintomático de la problemática más extendida en nuestra región– el que marcó su inicio como denuncia social y colectiva. En Argentina 2015, Chiara Páez de 14 años fue encontrada muerta molida a golpes por su novio de 16 que la enterró embarazada en el patio de su casa. En ambos casos fueron importantes las redes sociales mediante los hashtags #MeToo (yo también) y #NiUnaMenos para que se articulara esa hermandad femenina global llamada sororidad, que dio fuerzas y esperanzas a muchas otras de saber que nuestros sufrimientos en privado eran comunes, compartidos, que había un patrón mundial, que todas sufríamos en silencio una u otra clase o intensidad de abuso, machismo y violencias.

Este descubrimiento en tiempo real de la magnitud de esas violencias machistas invisibilizadas fue combustible para el fuego de las protestas femeninas ciudadanas que se extendieron en calles y plazas del mundo, creándose colectivos feministas en números nunca antes vistos y que tuvieron en #ElVioladorEresTú un cierre de década tan corpóreo y performático como integrador.

La tuerca de la historia ya dio vuelta y no hay marcha atrás. Pero falta mucho por acometer: el contragolpe machista y conservador dispuesto a no perder poder, la reeducación de la identidad masculina y la masculinización tóxica de no pocas mujeres, políticas públicas que conviertan los derechos en realidades normadas y eventualmente normalizadas por nuestra cultura cotidiana. ¡#SeguimosEnLaLucha!

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El movimiento #MeToo original fue fundado en el 2006 por Tarana Burke, una activista para crear conciencia social sobre la omnipresencia del abuso sexual entre jóvenes mujeres afroamericanas.

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