Vivir al pie de un volcán

“La informalidad además de expresar un tipo de economía es también una manera de organizar, jerarquizar y ubicar a los grupos sociales en una sociedad”.

Alberto Adrianzén
12 Dic 2019 | 1:31 h

En la última Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE) el presidente Vizcarra afirmó en su discurso que “la razón por la que el Perú ha logrado sortear la agitación social que se detecta en otros países de la región tiene que ver con la disolución del Congreso el 30 de setiembre” (El Comercio: 30/11/19). Sostener esa tesis es un error. El cierre del Congreso no descarta un estallido social como tampoco ratifica que seamos un oasis social en medio de un infierno regional.

Según un artículo de Omar Coronel (BBC: 03/12/19), el Perú es uno de los países que más protesta en la región. Lo que sucede es que “estas protestas rara vez se han convertido en manifestaciones nacionales”. Somos un país en “permanente protesta”, pero que no termina de estallar.

Para Coronel hay varios factores que explican esta situación: a) la informalidad que “funciona como descompresor de demandas”, que localiza la protesta y en “muchos casos el Estado desaparece como blanco de la protesta”; b) la lucha contra la corrupción que opera como una válvula de escape y que al focalizarse en los políticos incrementa la antipolítica; c) “un gobierno débil que negocia y cede ante las demandas”; d) una sociedad civil débil por la precariedad de sus organizaciones, y su localismo que impide “las plataformas regionales y más aún nacionales”.

A estos factores se pueden sumar otros: 1) las dificultades por representar una sociedad heterogénea, fragmentada e informal; 2) la crisis de los partidos ideológicos y el surgimiento de partidos aideológicos y “atrápalo todo”; y 3) la importancia de los medios de comunicación y las redes sociales que convierten a la política ya no en una acción reflexiva y sí más en una acción de castigo y en una forma de “militancia virtual”.

Sin embargo, hay un cuarto elemento que llamaríamos “las sociedades escindidas”. En una reciente entrevista a Rolando Arellano, este responde de la siguiente manera a la pregunta si la informalidad es una de las causas de que no seamos como Chile: “Sí, es una de las razones. Lo que pasa respecto a Chile es que las distancias sociales son mucho mayores allá. Aquí las hay, pero no nos damos cuenta porque los grupos no se ven, no se cruzan. Las grandes mayorías están en la periferia y no tienen un patrón (como para) que digan: mira cuánto tienen y yo no…” (El Comercio: 08/12/19).

Esto hecho que para Arellano puede ser una “virtud” y que nos impide ser como Chile, se convierte en un obstáculo para articular una protesta nacional. En sociedades desiguales y escindidas donde la gente o los grupos (sociales) “no se ven ni se cruzan”, son una suerte de guetos, y en sociedades donde los grupos sociales no conviven sino coexisten (como si fuera una guerra fría y un mundo divido) y en las cuales una minoría vive y la mayoría sobrevive, es más difícil percibir y visibilizar la desigualdad. En estos contextos la crítica a las élites dominantes solo la realiza una minoría política, social y cultural con lo cual las posibilidades de una insurgencia social se hacen más difíciles.

La informalidad además de expresar un tipo de economía es también una manera de organizar, jerarquizar y ubicar a los grupos sociales en una sociedad. Por eso en sociedades más integradas, más homogéneas, con sociedades civiles más organizadas y con mayor presencia estatal, como en Chile, es posible tener una conciencia igualitaria capaz de convertirse en una protesta nacional organizada y sostenible en el tiempo. Por eso no somos como Chile, pero, creo, que vivimos al pie de un volcán.