Frío dolor

“Me permitieron salir de noche para hacer fotografías pese a que el viento feroz me arrastró por la nieve”.

Roberto Ochoa
11 Dic 2019 | 0:22 h

Viajar a la Antártida es como viajar a otro planeta. Un planeta de agua en estado gaseoso, líquido y sólido. Un planeta donde se sobrevive.

La base Machupicchu son varios contenedores con laboratorios y alojamientos donde los científicos peruanos hacen maravillas pese a que solo pueden permanecer durante el verano austral. Con esas instalaciones no podrían sobrevivir al invierno antártico.

La base chilena, empero, es una urbe donde los científicos permanecen todo el año.

El año 2000 empezamos el nuevo siglo y el nuevo milenio con un viaje inolvidable a la Antártida. Mereció una crónica en la revista Andares, pero ahora recuerdo la grata compañía de Ronald Woodman y Antonio Brack. Llegamos en avión y retornamos en el BIC Humboldt. Recuerdo el sabor de un whisky sin agua y con hielo antártico. Despegamos desde Punta Arenas en un avión Hércules de la FAP y aterrizamos en la base chilena. Más de dos horas de vuelo sobre el estrecho de Magallanes y el océano Antártico.

Los chilenos se lucieron como anfitriones. Nos dieron de comer, nos alojaron en su coliseo deportivo y me permitieron salir de noche para hacer fotografías pese a que el viento feroz me arrastró por la nieve.

Son buenos recuerdos ahora que sigue desaparecido el avión Hércules de la FACH con 38 personas que despegaron de Punta Arenas rumbo a la base chilena. Parece que no hay sobrevivientes. Mis respetos a esos jóvenes científicos, a los experimentados operarios y a la tripulación.

Disculpen la tristeza.