Pesadilla antes de Navidad

“Vizcarra aún tiene el suficiente capital político como para emprender algunas de las muchas reformas que necesita el país. Lástima que no le alcancen ni el talento ni el coraje”.

Marco Sifuentes
08 Dic 2019 | 2:01 h

El presidente Vizcarra anda asustado. Ve fantasmas en todos lados. Lo convencieron de que Hugo Coya era fujimorista porque no estaba dispuesto a enviar equipos de los noticieros del Estado a todas y cada una de las actividades ministeriales. De que el Tribunal Constitucional ha liberado a Keiko como parte de una reorganización de las fuerzas corruptas. Que la portada del viernes de El Comercio es un venganza de Graña y Montero porque sus acciones han sido embargadas y ya no podrán venderlas. Y las protestas de los escolares son terrucas porque cantaron ‘Flor de Retama’. Y la captura de Villanueva también obedece a un cerco en su contra. Etc, etc, etc. Estos rumores –algunos fundamentados, otros absurdos– existen y circulan por el cada vez más aislado oído presidencial.

Vizcarra es un presidente encerrado en un círculo de confianza muy estrecho y hermético. Hasta cierto punto es comprensible: se enfrentó a un Poder del Estado que contaba con el respaldo de una organización enquistada en el Poder Judicial, la Fiscalía y los medios. Esa misma alianza se había tumbado a su antecesor. Él mismo vio que las fuerzas en su contra eran tan apabullantes que no concibió mejor salida que irse él mismo con ellos. Renunciar un año antes. Escapar de todo. Pero sus propios opositores se lo impidieron.

Ahora le faltan 600 largos días, más de un año y medio, hasta que llegue el 28 de julio del 2021. A diferencia de lo que dice el delirante aprofujimorismo, es obvio que espera con ansias ese día. Nada hubiese sido mejor que irse con una aprobación aún histórica (incluso si hoy cayera 20 puntos, seguiría siendo el presidente más popular del siglo). Esa ya no es una opción: ahora se irá desgastando lentamente en este año y medio que le queda, hasta nivelarse en la estadística con los demás.

Al carecer de cuadros y capacidad de alianzas, la única fortaleza de Vizcarra descansa en el favor popular. Y eso lo tiene aterrado hasta el inmovilismo. Preso de su pequeña burbuja de mediocres confidentes, de funcionarios de tercer nivel a los que les conviene que todo flote, que nadie reme. Convencido de que pechar a unos cuantos gerentes en la CADE es suficiente.

No solo de anticorrupción puede vivir un país. Vizcarra aún tiene el suficiente capital político como para emprender algunas de las muchas reformas que necesita el país. Lástima que no le alcancen ni el talento ni el coraje.

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