Los pasos perdidos

“Explicarle a Olaechea que el Parlamento ha dejado de existir y que con él ha fenecido su cargo de presidente es inútil, porque es un fantasma engreído y testarudo”.

Nelson Manrique
22 Oct 2019 | 0:30 h

En el mundo andino existen tradiciones culturales de origen prehispánico, de las cuales sabemos en varios casos por el testimonio de los cronistas de la conquista, que mantienen vigencia hoy día mismo. Son particularmente complejos los rituales que acompañan al tránsito de los seres queridos del mundo de los vivos al mundo de los muertos. Existe la convicción de que hay vida más allá de la muerte, y Felipe Huamán Poma de Ayala explicaba que los muertos, una vez que han dejado correctamente el mundo de los vivos, se dirigen a determinados cerros sagrados, como el Coropuna, donde se encuentran con otros muertos y viven en sociedad, haciendo hasta fiestas.

Pero antes de arribar a ese destino feliz, los muertos deben hacer un complejo tránsito, abandonando el mundo de los vivos y acomodándose a su nueva situación. Para que el ánima (no es la idea cristiana del alma, más bien se trata de aquello que infunde vida y movimiento a la carne) abandone definitivamente el cuerpo pasan cinco días. Estando ya enterrado difunto debe hacerse un ritual que incluye lavar sus ropas al quinto día, y velarlas. Por su parte, así que el muerto ha tomado conciencia de su nuevo estado (toma tiempo convencerse de que se ha muerto, especialmente en el caso de las muertes repentinas) debe recorrer los lugares que frecuentó en vida, recogiendo sus pasos. Si las cosas se hacen bien, el muerto irá con felicidad a su destino y la separación entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos se cerrará correctamente. Si algo sale mal, por ejemplo, si no se hacen los rituales o se hacen incorrectamente, el ánima no podrá arribar al mundo de los muertos, y permanecerá como un fantasma que perturba el mundo de los vivos. Algo así como The Walking Dead.

Me han suscitado estas reflexiones el espectáculo de los exparlamentarios aprofujimoristas que no terminan de convencerse de su muerte política. Es patético ver a Mauricio Mulder, uno de los grandes responsables del cierre del parlamento, por el error de cálculo de creer el presidente Vizcarra no se atrevería a disolverlo, afirmando en la televisión que sigue siendo congresista, añadiendo un coqueto de jure, para oponerlo al golpe (se diría más bien que porrazo) de facto que ha perpetrado ese terrible dictador despistado, que en lugar de eternizarse en el poder, como hacen los dictadores políticamente correctos, buscó adelantar las elecciones generales, renunciando así a cargo de presidente para dar una salida consensuada a la crisis provocada por el bloqueo parlamentario que ejercía la mayoría aprofujimorista.

El otro ánima en pena es, cómo no, Pedro Olaechea, que sigue convencido (o al menos finge estarlo) de que sigue siendo presidente del Congreso. Explicarle que el parlamento ha dejado de existir y que con él ha fenecido su cargo de presidente es inútil, porque es un fantasma engreído y testarudo, que evidentemente se acostumbró en vida a que le den gusto en todos sus caprichos.

Creo que vamos a tener a estos fantasmas fastidiando hasta que les hagamos un buen ritual de despedida. No creo que los finaditos cooperen para que lavemos sus ropas y las velemos. Habría que buscar una alternativa en otro lugar de nuestra variada y riquísima tradición cultural: quizás exorcizar sus escaños. La cuestión es ayudarles a que, finalmente, puedan recoger sus pasos perdidos y se vayan al Coropuna, a incorporarse a la fiesta.