La izquierda lejos del poder

“Tendrían que alinearse los astros de un modo excepcional para que la izquierda alcance un resultado protagónico”.

Juan Tafur
20 Oct 2019 | 4:16 h

Que Verónika Mendoza no haya podido inscribir un partido desde que quedó tercera hace más de tres años revela su enorme precariedad, dependiente de membresías ajenas, algunas de ellas tan mostrencas como la del xenófobo y machista Vladimir Cerrón.

Lo más probable es que la izquierda ni siquiera repita su performance del 2016, cuando obtuvo 20 congresistas. La cancha está trazada hacia la derecha. Todo hace prever que el 2021 se reeditará el mismo proscenio ideológico en el que se montaron Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori. Una final de derechas.

La situación interna de la izquierda es hoy peor que hace tres años. Hay, además, una diferencia sustantiva respecto de la elección anterior. Esta vez van a participar César Acuña y Julio Guzmán. El líder de Alianza para el Progreso le disputa el mismo estrato social (en la última encuesta de Ipsos comparten el sector E) y el moradito, hay que recordar, hasta antes de ser retirado de la contienda lideraba la intención de votos en el sur, región que supuestamente es el bastión de la izquierda.

Por añadidura, hay tendencias sociológicas y de otra índole que inclinan la mesa en sentido contrario, como son la huella mnémica del terrorismo y la consecuente conservadurización de las mayorías populares, la persistente migración rural-urbana, la expansión de religiones fundamentalistas y, sin duda, las experiencias fallidas de Ollanta Humala y Susana Villarán.

Hay también una razón psicosocial de coyuntura. Hoy la gente ha desfogado su irritación. En enero del 2020 y abril del 2021, la ciudadanía no va a votar malhumorada, como lo estaba en medio de la crisis política provocada por la necedad fujiaprista. Si la zozobra de hace unas semanas persistía hasta el 2021 y el pueblo votaba con ese equipaje afectivo, allí sí la izquierda podía haber cosechado ese voto molesto, atento a propuestas radicales, disruptivas o antisistema. El éxito político de Vizcarra ha ecualizado el ánimo electoral y conduce a un voto centrado o derechista, no a apuestas disidentes del statu quo.

Tendrían que alinearse los astros de un modo excepcional para que la izquierda alcance un resultado protagónico. No solo tendrían que colapsar por lo menos cinco de los seis candidatos que en estos momentos, desde el centro o la derecha, se perfilan mejor (Del Solar, Guzmán, Forsyth, Acuña, Keiko o Diez Canseco) sino que tendría que producirse una potente, por más controvertida que sea, unidad de las izquierdas.

Para otro momento será. Tal vez si el 2021 sobreviniese un nuevo gobierno derechista mediocre, como los que hemos tenido hace décadas, entonces, al cabo de ese lustro, en el 2026, puede ser momento de cosechar. Hoy no es propicio.

Lo bueno es que la izquierda tendrá un tiempo adicional para emprender la ya morosa tarea de actualizarse. Verónika Mendoza y allegados siguen convencidos, por ejemplo, de que la sensatez fiscal y monetaria es de derechas, sin darse cuenta de que es un basamento inamovible sobre el que hay posibilidad de construir políticas públicas que podrían ser, inclusive, progresistas. Por lo pronto, mientras la modernidad les sea ajena, es mejor que estén lejos del poder.

- La del estribo: irritante la mala costumbre que muchas salas de teatro han adoptado, de abrir sus puertas a último momento, con el afán de que el público, mientras espera, compre algún producto en la cafetería del lugar e incremente así sus ganancias. No solo es un maltrato, sino que suele provocar que la función nunca empiece a la hora anunciada. La sagrada puntualidad teatral es subordinada a algunos centavos de más.