La angustia del retorno

“Dejan al Gobierno de Vizcarra con la imperiosa responsabilidad de enrumbar al Perú hacia un círculo virtuoso”.

Jorge Bruce
14 Oct 2019 | 1:06 h

Todos los que han logrado salir por unos días del Perú, en particular a un país del primer mundo, conocen la dura experiencia de retornar. En mi caso, a la capital. Escribo estas líneas desde Vancouver, Canadá, adonde he acudido a preparar el próximo congreso de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA, por sus siglas en inglés). El tema del Congreso tiene curiosas reverberaciones con los desafíos de Lima: lo infantil. Vancouver sale regularmente en los primeros puestos de las ciudades con mejor calidad de vida del mundo. Compararla con nuestra capital es un ejercicio despiadado.

Sin embargo, el video de la persona que atropella a gran velocidad a unos peatones en la Javier Prado, nos confronta de manera insoslayable con lo lejos que estamos de la civilización. Y lo inmersos que nos encontramos en la violencia de unos contra otros. Porque ese acto no es solo producto del mal diseño de avenidas y veredas: exhibe una indiferencia mortífera respecto de la vida ajena. Quizás también de la propia.

Ya lo vimos en los años de Sendero. Mientras se asesinaba en las zonas altoandinas a campesinos quechuahablantes, en los sectores modernos y urbanos la existencia continuaba como si nada estuviera pasando. O como si esas masacres ocurrieran en un lugar tan alejado que no nos concernía. Esa distancia era, por supuesto, mental. Ayacucho era como Siria. Terminado el conflicto armado interno, derrotado Sendero, aprisionado Abimael Guzmán y el resto de su cúpula sometida a una ideología criminal, regresamos a la corrupción nuestra de cada día.

Siempre estuvo ahí, claro está. Pero la violencia que esa guerra parecía monopolizar, se reintegró, por así decirlo, a las calles de las ciudades. Y no solo a través de la delincuencia, el racismo, el feminicidio o las agresiones materiales y simbólicas contra los grupos LGTBI. El fujimorismo fue el movimiento que mejor sintonizó con los aspectos más primitivos, menos simbolizados de nuestra sociedad. El aprismo se le sumó con oportunismo digno de mejor causa. La detención de Keiko Fujimori, el suicidio de Alan García y la disolución del congreso han detenido esa regresión.

Pero al mismo tiempo dejan al Gobierno de Vizcarra con la imperiosa responsabilidad de enrumbar al Perú hacia un círculo virtuoso. Acaso por estar tan abajo, no sea imposible remontar poco a poco la pendiente.