El primer error es el último

“Más allá de las interpretaciones jurídicas, es desconcertante la sarta de equivocaciones cometidas por el Congreso dominado por fujimoristas y apristas”

Jorge Bruce
07 Oct 2019 | 2:07 h

Una afición callejera, que de seguro muchos lectores comparten, es la de fijarme en los mensajes escritos en los vehículos. Estos suelen ser una combinación de ingenio popular con frecuentes contenidos religiosos. Ejemplos clásicos son “Tu envidia es mi progreso” o “Todito lo que me desees que Dios te lo duplique”. Esta mañana, saliendo del coloquio sobre La Estupidez Humana organizado por Moisés Lemlij, me topé con uno que nunca había visto: “El primer error es el último”.

No pude evitar vincularlo, acaso influido por la mesa que acababa de coordinar en torno a la estupidez y los prejuicios, con los acontecimientos de los últimos días. No es que se pueda identificar un solo error que desencadenara el aluvión que siguió después. Pero sin duda la palabra “error” ha cobrado un significado potente en el escenario político reciente. Porque más allá de las interpretaciones jurídicas que nos abruman y confunden, es desconcertante la sarta de equivocaciones cometidas por el Congreso dominado por fujimoristas y apristas.

El domingo por la noche el Presidente Vizcarra les avisó por televisión, en el programa Cuarto Poder, lo que sucedería si no se otorgaba la confianza a la propuesta de reformar la elección de los magistrados del Tribunal Constitucional. Era una propuesta razonable, en aras de la transparencia. Discutible como toda propuesta, pero a todas luces mejor que el sistema actualmente vigente.

Algunos dirán que esa es la madre del cordero. Los congresistas aterrados por las próximas revelaciones de los codinomes, y urgidos desde el penal por Keiko Fujimori, ignoraron la advertencia y siguieron con su plan. ¿Nadie les dijo que esa precipitación era suicida? Es tentador para un psicoanalista preguntarse si no había, en efecto, un deseo de autodestrucción encubierto en ese pasaje al acto que solo podía terminar como terminó: en la disolución del Congreso. Por si a alguien le quedaban dudas, el todavía Premier Salvador del Solar, quien tuvo que abrirse paso a trompicones pues le habían trancado la puerta, lo dijo a viva voz en el hemiciclo: “¡Invoco la cuestión de confianza!”. Los dioses, decían los antiguos, confunden a quienes quieren perder. La ambigüedad de la frase es interesante.

Una última cosa: la frase del título de esta nota estaba en una camioneta de la UDEX, la Unidad de Desactivación de Explosivos.