Yo mismo soy

“Lo del cenáculo que maneja Fuerza Popular desde cinco o seis apodos se ve bastante feo. Ahora traten de imaginar a FP desprovista de la familia Fujimori”

Mirko Lauer
23 09 2019 | 00:36h

El descubrimiento de que Fuerza Popular es manejado por un cenáculo encabezado por su lideresa no debería sorprender a nadie. El uso de apodos para mantener las comunicaciones secretas es insólito y tiene algo de mafioso, sobre todo en la era de los codinomes brasileños. Pero partidos manejados por un cogollo es algo a lo que ya estamos acostumbrados.

Casi sin excepciones el partido político peruano es una organización con estructura vertical, al servicio de un caudillo. Cuando desaparece o se debilita este caudillo (que es el fundador, pero no siempre), empiezan los problemas. Buena parte de los esfuerzos de la cúpula son para mantener el poder dentro del partido. Queda poco tiempo para otras tareas.

Diversas reformas han intentado que el poder de las alturas sea compartido con organizaciones internas de otros niveles, y establecer así un sistema de recambio electoral y meritocrático en las dirigencias. En algunos partidos esto ha funcionado, en otros no. Los partidos con una dirigencia unipersonal son prominentes en el paisaje político.

Así, lo habitual es que la persona con arrastre electoral establece el partido, y no al revés. En más de un caso hemos visto que esa persona es candidato, presidente o secretario general del partido, y jefe de campaña de facto. Entre elección y elección ese tipo de partido duerme en el garaje, con el candidato permanente manejando la bancada del Congreso.

Este caudillismo, reforzado por el voto preferencial, ha permitido definir prácticamente a dedo las listas parlamentarias y las alianzas, con los resultados que conocemos. La cúpula suele terminar manejando en el Congreso personas que nunca fueron del partido. Por eso se tuvo que dar la llamada ley antitransfuguismo en el 2017, hoy parcialmente derogada.

¿Es posible salir de esta situación? Más reformas ayudaría. Pero del otro lado está el espíritu de los tiempos, fuertemente inclinado hacia el llamado populismo, que viene haciendo tiras las instituciones políticas. Lo más probable es que seguiremos teniendo elecciones sin ideas y sin reales partidos, competencias entre magnetismos personales y buenos deseos populares.

Lo del cenáculo que maneja FP desde cinco o seis apodos se ve bastante feo. Ahora traten de imaginar a FP desprovista de la familia Fujimori.