La moral de los intereses

“El Perú de hoy es como esos pacientes a los que la psicoanalista Helen Deutsch diagnosticó con el síndrome del “como sí”: un simulacro de república”

Jorge Bruce
09 Sep 2019 | 3:04 h

En el segundo tomo de sus Memorias de Ultratumba, Chateaubriand escribió un breve texto en el que distinguía la moral de los intereses de aquella de los deberes. Esto ocurrió en 1831. El artículo se inicia con esta frase: “El ministerio ha inventado una moral nueva, la moral de los intereses; aquella de los deberes es abandonada a los imbéciles”. Suena conocido, ¿verdad? En el Perú del siglo XXI, como en la Francia del siglo XVIII (a la cual se refiere Chateaubriand en el citado texto), los intereses se llevan de encuentro a los deberes.

Esto es evidente en lo que respecta al comportamiento cotidiano de una mayoría de congresistas. En particular, los fujimoristas y apristas, cuya incapacidad de hacer su trabajo es inversamente proporcional a su capacidad de hacer daño al endeble tramado de nuestras instituciones. En vez de legislar o fiscalizar, lo que hacen es usar los poderes que les han sido conferidos para atacar a quienquiera ose obstruir su emprendimiento de corrupción. Ya se trate de universidades de fachada o de encuestas que les desfavorecen, o bien el intento de adelanto de elecciones del legislativo, de inmediato responden con arremetidas disparatadas. No obstante, estos adefesios como la comisión de Mulder, Vilcatoma y Miyashiro investigando a la Sunedu, cumplen el objetivo de retrasar el trabajo de las pocas instituciones que hacen su trabajo.

Por eso la defensa a ultranza de personajes tan oscuros como Chávarry es vital para sus intereses. De ahí el apuro en desvirtuar y minimizar la marcha del pasado jueves 5. Porque lo cierto es que en este momento la presión de la calle es su principal enemigo, dado que al Ejecutivo creen haber encontrado la manera de neutralizarlo y, si la mano viene bien, traérselo abajo y poner a Mercedes Aráoz en un rol similar al de Olaechea: tontos útiles en un fingido e hipócrita respeto de la Constitución.

El Gobierno, por su parte, si bien está lejos de esos niveles de podredumbre y cinismo, no parece tener las cosas claras. Aun cuando no se rigen por la lógica de los intereses en perjuicio del bien común, no se advierte una concepción y ejecución consistentes de sus deberes. El Perú de hoy es como esos pacientes a los que la psicoanalista Helen Deutsch diagnosticó con el síndrome del “como si”: un simulacro de república.