Un país que se quema cada día que pasa

Con el telón de fondo de políticos que no dan la talla.

Augusto Álvarez Rodrich.
18 08 2019 | 01:07h

El Perú parece hoy un país que se quema cada día entre la indolencia de un gobierno cuyo presidente ofrece evidencias de que ahora ya solo le interesa su popularidad para sobrevivir, así como de una oposición que solo se moviliza para conservar sus prebendas.

Lo ocurrido el viernes en Talara cuando ciudadanos de El Alto incendiaron la instalación de la petrolera china CNPC se agrega a lo de Cotabambas por Las Bambas, de Arequipa por Tía María, y de muchas partes del país donde es imposible el diálogo, con cada vez menos sorprendidos que asumen que ese es el paisaje natural del Perú.

La izquierda ayuda con entusiasmo irresponsable en ese proceso con sus líderes Marco Arana y Verónika Mendoza, quien tiene sociedad con dos gobernadores condenados por la justicia –Walter Aduviri y Vladimir Cerrón– y otro ex gobernador que podría estarlo en breve –Gregorio Santos–, a quienes defiende con el argumento absurdo de que son perseguidos políticos.

A su vez, la economía se enfría, reduciéndose la perspectiva de crecimiento por falta de inversión, pero las empresas tienen dificultad para defender sus proyectos por su grave pérdida de reputación por la corrupción en que se metieron varias de ellas, mientras los sectores que dicen proteger a los pobres demuestran un desprecio olímpico por la inversión que genera crecimiento y empleo, en parte por ignorancia, en parte por ideologización.

El telón de fondo es el enfrentamiento entre un Congreso delirante, corrupto y mediocre que va a archivar la propuesta de reforma política y que embate contra el Gobierno para defender sus prebendas; y un presidente de la república que ya solo se mueve con oportunismo –entendido como el apartamiento temporal de los principios por razones tácticas–, que plantea un adelanto electoral que puede ser solución para un callejón ¿sin salida?, pero que no deja de parecer claudicación del mandato que recibió y que puede abrir precedentes peligrosos en el futuro.

El desenlace en el que no habría reforma política y judicial, ni avance económico, es el riesgo creciente de que esta crisis acabe mal, en el drama de un país que, sin tener que ser así, se quema cada día por la indolencia irresponsable de quienes debieran conducirlo.