TOLA

Los libros de fiesta

“Hace unos años era imposible imaginar a Lima convertida, aunque fuera por tres semanas, en un polo cultural. Hoy esa quimera es una realidad”.

Raúl Tola
03 Ago 2019 | 0:53 h

Este fin de semana concluye la Feria Internacional del Libro de Lima 2019, el evento cultural más importante de nuestro país. Saliendo de unos años erráticos y opacos (¿alguien recuerdan la edición de 2011, que tuvo a Luis Corbacho como invitado estelar?), la FIL ha sabido consolidarse con una oferta abundante y diversa, que incluye algunos de los mayores escritores de la actualidad.

Fue un gran acierto dedicar esta edición de la feria al íntegro de la obra de Mario Vargas Llosa. La sucesión de mesas redondas en las que participó activamente el propio Premio Nobel de Literatura 2010 sirvieron para analizar la dimensión literaria y política de un creador fértil y vasto, y coincidieron con los cincuenta años de su obra más ambiciosa y deslumbrante: «Conversación en La Catedral». Da gusto que, después de todo lo que ha llovido, Vargas Llosa y el Perú hayan alcanzado esta reconciliación.

Volví a Lima luego de dos años para participar en la feria y me sorprendió su dinamismo. Intuyo que los asistentes que hacen larguísimas colas para entrar vienen atraídos por las novedades literarias y las ofertas editoriales, pero sobre todo por la posibilidad de pasar una tarde caminando por los stands y asistiendo a alguna de las numerosas presentaciones y conferencias que ocurren simultáneamente en los auditorios de la Feria.

En el fondo, me queda la sensación de que la FIL es un evento exitoso porque en el Perú existe una enorme curiosidad cultural insatisfecha. Los organizadores han sabido aproximar la cultura a la gente de una manera cercana y divertida, una apuesta recompensada por audiencias multitudinarias, que cuando coincidían superaron a la feria gastronómica Mistura.

Quedan errores por corregir, como esa absurda mesa inaugural exclusivamente masculina o la escasa señalética que hace difícil encontrar los auditorios. Pero el principal problema radica en ese absurdo que implica que todos los años haya que armar y desarmar la carpa en el Parque de los Próceres, por no contar con un espacio ferial adecuado para un evento de estas dimensiones y relevancia.

Como sea, me marcho de esta FIL 2019 con una sensación dulce. Hace unos años era imposible imaginar a Lima convertida, aunque fuera por tres semanas, en un polo cultural. Hoy esa quimera es una realidad palpable, y eso hay que celebrarlo.