Militares a la cocina

“El tema prometía ser complejo, pero no contábamos con que nuestra sociedad todavía es muy simple y muy hipócrita y muy bárbara”.

Gabriela Wiener
Gabriela Wiener
21 06 2019 | 05:32h

Ponerles mandiles rosados a los militares para luchar contra la violencia de género ha sido audaz. El tema es complejo, pues las Fuerzas Armadas como institución debe tener el récord de violaciones impunes a mujeres indígenas en el Perú. Es decir, los mandiles operan como parte del “purplewashing” –un lavado de imagen morado–, que es usar al feminismo para limpiar algo muy sucio, para que el Ejército –nido de masculinidad tóxica y violenta– mejore su reputación apareciendo como aliado de las mujeres. A estas alturas, además, ponerle un delantal a un hombre tampoco rompe con nada, porque todos los patas se sienten un poquito Gastón los domingos. Y no olvidemos que para combatir un estereotipo de género se han marcado otro más sangrante: mandil rosado para cocinar = femineidad.

Detrás del gesto castrense a favor de la igualdad, sin embargo, hay una denuncia importante. Como dice la abogada Jeannette Llaja, si un hombre machista y violento tiene un arma, tiene 11 veces más probabilidades de cometer un feminicidio. Y ni qué decir de una violación. El tema prometía ser complejo, pero no contábamos con que nuestra sociedad todavía es muy simple y muy hipócrita y muy bárbara: ahí tenemos a los alarmados porque “se humilla” a nuestro glorioso con el mandil en lugar de avergonzarse por Manta y Vilca; tenemos al tipo de la frágil masculinidad, P. Butters, llamándolos mariconcitos; y a su canal, el de Alditus, despidiendo al homófobo y dándose de pasada su lavadita de cara; y, claro, a los de CMHNTM, en pleno ataque de ansiedad rosa/azul. En suma, ha sido hermoso. No sé si hemos avanzado, pero al menos no nos hemos aburrido.