La piedra filosofal

Raúl Tola
15 Jun 2019 | 1:00 h

“Es un alivio que esta mayoría mafiosa, mediocre y desaprensiva haya perdido buena parte de su poder de demolición”.

Tiene que haber hecho muy mal las cosas nuestro Congreso para que el resultado de sus acciones ya no sea solo su propio desprestigio. Este se ha vuelto tan profundo, tanto rechazo produce, que ahora basta ser su enemigo para cosechar aprobación.

Como la piedra filosofal, para obtener oro hay que tocarlo, pecharlo, chocar con él. También es capaz de revivir al que languidece, de darle aire y revivirlo. Si no, que le pregunten a Martín Vizcarra, cuya popularidad ha trepado trece puntos desde que su gobierno planteó la cuestión de confianza por la reforma política.

Con la abrumadora mayoría parlamentaria que consiguió en las elecciones generales de 2016, Keiko Fujimori tuvo una oportunidad inmejorable para forjar un proyecto político alternativo, que contribuyera al desarrollo del país con leyes modernas, al mismo tiempo que fiscalizaba con responsabilidad al poder y limpiaba la imagen de Fuerza Popular.

En cambio, desde un principio quedó claro que su conducta estaba motivada por el rencor, la mezquindad, las ganas de venganza, las deudas con algunos de los lobbies más nefastos del país y el lastre de corrupción que arrastraba.

El partido mantuvo viejas prácticas clientelistas, con casos tan patéticos como el nombramiento de Rafael Rey y José Chlimper en el directorio del BCR o el obsceno engorde de la planilla del Congreso. Se dedicó a estorbar, sin permitir que el gobierno aprobara sus leyes ni sacar adelante reformas propias. Al verse involucrados, cuando se destapó la olla de grillos de la corrupción de Odebrecht y Lava Juez, sus congresistas recurrieron a las estrategias más rastreras y burdas para obstruir a la justicia, lo que terminó empujando a la prisión preventiva de su propia lideresa. Encima, ni todos los reveses sufridos los han hecho cambiar de actitud.

Es un alivio que esta mayoría mafiosa, mediocre y desaprensiva haya perdido buena parte de su poder de demolición. No lo es que, como resultado de su comportamiento, el 78% de los peruanos opine que el Legislativo debe ser cerrado. Una democracia necesita instituciones sólidas y legítimas, no ejemplos como este Congreso, que debería ser uno de los pilares de nuestro Estado de derecho y ha sido convertido en un triste remedo al que todos desprecian. Una más de las herencias que deja el fujimorismo por su paso por el poder.