De la Planicie a Manta y Vilca

Un error de tipeo: no era La Planicie sino los distritos de Manta y Vilca, en Huancavelica.

Un error de tipeo: no era La Planicie sino los distritos de Manta y Vilca, en Huancavelica.

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En “La piel de un indio no cuesta caro” (1961), Julio Ramón Ribeyro cuenta la historia de Pancho, un adolescente que hace pequeños trabajos de jardinería en un club campestre. El chico es enviado a acompañar a los hijos del presidente del club en su excursión por los cerros y muere, electrocutado, por una conexión defectuosa de las instalaciones.

“Felizmente que no les pasó a mis hijos”, exclama el presidente del club. Y luego procede a borrar todas las evidencias que culpabilicen a su asociación: cambian la partida de defunción de Pancho, modifican el parte policial y con rapidez reparan los cables eléctricos.  

Finalmente, extiende un cheque de cinco mil soles, la colecta entre los asociados para los humildes padres del muchacho, para el entierro. Los hijos del presidente del club no se electrocutaron. ¿Y si hubiera sido así?

Imaginemos que en 1984, cuando Abimael adelanta su ofensiva del campo a la ciudad,  los senderistas llegan hasta los linderos de La Molina en Lima. Imaginemos nomás. Un almirante, porque no podría ser de otra rama del Ejército, busca al presidente de la asociación de propietarios de La Planicie y le explica que para proteger a los vecinos y sus propiedades, es necesario contar con una base militar en la cercanía. Se acepta la oferta y los soldados instalan su campamento.

Con el tiempo, son personajes casi familiares: llegan hasta las cocinas de las residencias solicitando comida. Al principio se accede por el servicio que prestan; luego se convierte en una obligación. Y la altanería de los uniformados va creciendo.

Sus incursiones en las casas les permiten observar a las adolescentes que viven en ellas, tan ingenuas e indefensas. Y comienzan a secuestrarlas, de una en una o de dos en dos.

Las violan en grupo. Atemorizados por las armas, los padres de las chicas, callan. Al contrario, cuando llega el almirante de visita lo agasajan en sus casas. Envalentonados, los soldados y sus superiores incursionan en las casas para violar a las mujeres, a la hermana, la tía, la mamá. La base militar permaneció hasta 1995.

Un error de tipeo: no era La Planicie sino los distritos de Manta y Vilca, en Huancavelica. Una de las adolescentes abusadas sexualmente tenía 15 años y estudiaba secundaria. Entre 1985 y 1988 fue violada en reiteradas ocasiones por un soldado o en grupo; en el cuartel o en su casa.

Como resultado de estas violaciones, quedó embarazada dos veces. Su comunidad la censuró, atribuyéndole responsabilidad en haber provocado los abusos. Migró hacia la costa.

Su proceso y el de otras ocho denunciantes, está en los tribunales desde el 2009; su última audiencia se realizó la semana pasada. Han sido acusados 13 militares; algunos están prófugos. Las mujeres de Manta y Vilca representan a las casi siete mil denuncias de violencia y violación sexual registradas durante el conflicto armado interno, aseguraron en Demus – Estudio para la Defensa de la Mujer que lleva estos casos a los tribunales. 

Por su parte, el Secretario General de la ONU, António Guterres, insistió el pasado abril que la violencia sexual se utiliza deliberadamente como táctica de guerra para aterrorizar, deshumanizar y desestabilizar a las sociedades, pero es sobre todo un daño enorme contra las mujeres y las niñas, que quedan traumatizadas y con sus vidas destrozadas. Lástima que Manta y Vilca puedan parecer  tan lejos como Alepo. Felizmente que no nos pasó a nosotros.

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