Dos viñetas de Adalberto Varallanos

Mirko Lauer
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Adalberto Varallanos falleció hace exactamente 90 años, en el vigor juvenil de sus 24.

[Adalberto Varallanos falleció hace exactamente 90 años, en el vigor juvenil de sus 24. Fue un fugaz y enorme talento dentro de la vanguardia literaria. Estas dos espléndidas prosas poéticas son de su breve fascículo póstumo Receptáculo de términos (1939). Su amigo Jorge Basadre se refirió a él como de “cultura sólida, asimilada y discriminada. Confluencia rara de una raíz serrana e india con una sensibilidad moderna. Juicio ácido, insobornable y personalísimo”.]

SEÑORITA EX-MÚSICA

Sus dedos, tres, cuatro... Y el piano de piel lenta y fácil. Ella, al fondo o al costado, se inclinaba detrás de las notas. El sentido recogido y una reunión de hebras de silencio. La faz cómoda de los días y la partitura abierta y la palabra. La palabra sola dispuesta para el auditorio. Recorrer los oídos con una nota límpida de sí misma. ¿Debussy?, no. Al soltarla los visitantes sumaban 6. Quiso que el epílogo fuese su gama. Arrojadas en el oído musical, imposible contenerse. Y de su corpiño indeleble extrajo una pena tonta y al extenderse en el vacío de la otra música, el piano había desaparecido. Y también sus diez dedos, Mirántipa.

HILALO

Como era indígena del Perú, yo un tiempo uno de ellos, lo “volví a ver”. Pensaba, en seguida, de las transformaciones naturales que había sufrido con varios contactos. Uno de ellos, el de vivir años en las ciudades. Me perdí en hallazgos. Debía volver a ese año en que yo a la altura de él me detenía en su entendimiento. Por las palabras, por el silencio, pero no por el vestido. A tantos metros de su altura, lo único que pude descubrirle fue su inmovilidad aprendida en vista de unas construcciones dejadas por los Incas. En mí transcurrieron los años de la lejanía viéndolo a él, a él mismo. Girando, girando, hasta llegar al ángulo o al papel de donde verle o dibujarle su diferencia, me contuve mirándole a los ojos. Mi asombro iba dirigirse a alarmarme, sentimentalmente, por su suerte venidera: pero él —para algo tenía el dolor de la piedra— me cortó con esta pregunta: “¿QUÉ COSAS TE PUEDEN PASAR, NO NIÑO?”...