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Rebelión en la granja

La Republica

“Hemos pasado del asombro a la indignación viendo cómo el Congreso se llenó de representantes que falsificaron su pasado...”.

Observando el alboroto generado en el Congreso y la ruidosa reacción de los parlamentarios ante el planteamiento de la cuestión de confianza por parte del gobierno, me vino a la mente la novela satírica del escritor George Orwell, cuyo título he tomado prestado para esta columna (Animal Farm, 1945).  

En su obra maestra, el autor expresa la compleja relación de las personas con el poder, y cómo éste, cuando se saborea y ejercita sin control, corrompe a quien lo detenta. 

En la alegoría de Orwell, los animales de una granja hacen una revolución y expulsan al granjero que la administraba. Instalados en el poder, los rebeldes establecen 7 reglas para regular su convivencia democrática sin el amo explotador (entre ellas, la número 7: “todos los animales son iguales”). La nueva granja se empieza a desarrollar con prosperidad, hasta que sus líderes porcinos se convierten en una élite abusiva, primero cambian las reglas y luego las eliminan, dejando sólo una: “todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. 

Como ocurrió con los rebeldes de la granja, una vez que llegaron al poder, muchos congresistas se transformaron en una casta que se dislocó de la realidad, se desentendieron de su misión y utilizaron su posición de privilegio para su propio beneficio. En el caso peruano, la granja se convirtió en una chacra. 

Hemos pasado del asombro a la indignación viendo cómo el Congreso se llenó de representantes que falsificaron su pasado, contrataron empleados fantasmas, recortaron sueldos a sus empleados, malversaron gastos, cobraron sin trabajar, etc. Peor aún, hemos sido testigos de cómo se encubren unos a otros archivando sus denuncias con argumentos inverosímiles, o simplemente sin expresión de causa. Hemos visto a una mayoría prepotente insultar, avasallar y confabular contra los intereses de la patria para exclusivo beneficio de su partido y sus intereses personales subalternos. Los hemos visto aliarse con el crimen organizado y ofrecerle un escudo de protección a personajes vinculados al narcotráfico, la minería ilegal, la defraudación al Estado y la corrupción. 

Recogiendo el hartazgo nacional, en una reacción tardía, pero reacción al fin, el gobierno decide enfrentar este desmadre y propone un cambio de las reglas de juego. Los parlamentarios se resisten tenazmente, y no cejan en su cometido hasta que son arrinconados, por segunda vez, con la amenaza del cierre del Congreso. En medio de la pugna, y confirmando su total desvinculación de la realidad, hablan de la “majestad del Congreso” (aquel que mancillaron sin contemplaciones), de “cuestión de principios”, de “independencia y autonomía”, de “tradición de patricios”, palabras huecas que vaciaron de contenido con su reiterada inconducta. 

Pese a la grita, el gobierno no aflojó y logró una vez más doblegar a la mayoría legislativa.

Por ahora, la granja está bajo control. La pregunta es por cuánto tiempo. ¿Tendremos que resignarnos a un Congreso que sólo reacciona mientras está contra las cuerdas?