La cosa francota

Mirko Lauer
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"Quizás deberíamos preferir la metida de pata francota, que los aceitosos vericuetos del eufemismo".

Más allá de la descarnada clasificación, que en efecto hace pensar en racismo, sobre todo por lo tajante, la frase de Carlos Bruce sobre blancos y provincianos es ilustrativa sobre una de las maneras como se tramita el voto en el Perú. La política electoral entiende que la identidad racial del candidato puede ser importante para ganar o perder una elección.

Cada votante practica una forma de racismo limitado, en que el fenotipo, la etnicidad o el matiz cultural del candidato son factores que pesan, aunque a la vez no son decisivos. La variedad de lo peruano está muy bien representada en el cúmulo de políticos de todas las sangres elegidos de los pasados decenios, y esos votos han cruzado todas las fronteras del prejuicio.

Pero las fronteras siguen allí. Las planchas presidenciales han resuelto el desafío asumiendo la variedad, en una alquimia que incorpora fisonomía, género, origen geográfico, edad, y acaso otros factores más sutiles.

Como todos lo hacen, no siempre funciona, pero en términos generales la experiencia muestra que los electores suelen ser sensibles al mix resultante.

Al no haber un sistema de partidos firme ni de lealtades ideológicas fuertes, el nuestro se ha vuelto también un juego electoral de personas, con todo lo que cada una de estas puede representar. Este se presta a ser también un juego de estereotipos, criterio más que engañoso a la hora de buscar el mérito de un posible gobernante, sobre todo cuando se vuelve un juego de prejuicios.

Así, el manejo interesado de nuestra variedad puede ser visto como una forma de hacer más llevadera la convivencia mientras va desapareciendo el racismo de la vida pública. Además, si se quiere, una lección de tolerancia, seguramente pragmática. En esto la política es un desmentido a las teorías de un mestizaje universal o, peor aún, las del fin del racismo en el país.

Bruce es un político curtido y eficiente, pero en esta ocasión ha cometido varios pecados, ninguno capital, pero todos profesionales: el exabrupto frente al micrófono, la descortesía para con el presidente, el hablar de lo que no se habla, y manejarse con estereotipos. Pero quizás deberíamos preferir la metida de pata francota, que los aceitosos vericuetos del eufemismo.