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Susana Villarán: la caída de una esperanza

La Republica

Decepción política. Excolaboradores marcan distancia de ella. Consideran que su distanciamiento de quienes la llevaron al poder favoreció manejo oscuro de fondos.

El encarcelamiento de Susana Villarán, por un caso de presunta corrupción, interpela a quienes la consideraron una esperanza de política honesta. Un millón 743 mil 153 votos la llevaron a la alcaldía de Lima: un 38,4 % del electorado capitalino, algo más que el 36,6 % que dio el mismo cargo a Alfonso Barantes, el recordado referente izquierdista, en los ochenta.

Ante la posibilidad de perder la alcaldía, Villarán aceptó millonarios aportes de Odebrecht y OAS, empresas que tenían proyectos de inversión con la municipalidad que ella dirigía.

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Gustavo Guerra García, su otrora jefe de campaña en las elecciones presidenciales del 2006 y las municipales del 2010 y luego su funcionario edil, afirma que Villarán empezó a cambiar luego de lograr el triunfo.

“La conocí cuando hicimos el Partido por la Democracia Social, semilla de Fuerza Social. Sabíamos que era una persona austera, que había renunciado a las comodidades familiares para trabajar en lo social y no tenía casa ni auto”, cuenta.

Destaca que en las campañas del 2006, para la Presidencia, y del 2010, en que ganó la alcaldía, decidieron no recibir grandes aportes para no tener que pagar con grandes favores.

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“Era nuestra filosofía Se ganó con 400 mil soles. La izquierda no necesita pedir plata grande sino aliarse con sectores populares”, dice Guerra García.

Luego del triunfo empezaron los desencuentros. Cuando Fuerza Social se alistaba para las elecciones generales del 2011 con el mismo apoyo que tuvo en las municipales de diversos grupos de izquierda, Villarán reclamó no ir con estos respaldos.

“Era nuestro mejor momento. La encuesta de la PUCP nos ponía como segundo partido en apoyo, después de Fuerza Popular, y surge este problema interno”, asegura su excolaborador.

El distanciamiento de Villarán de su partido se fue acentuando. Para Guerra García, esto la dejó sin ese entorno partidario que limitaba los aportes, cuando se buscó la revocatoria.

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“Estos conflictos generaron condiciones para que la campaña del No se maneje por fuera del partido y así quedó desprotegida”, sostiene Guerra García.

El exteniente alcalde de la gestión de Villarán, Hernán Núñez, ha remarcado que “ella ha tomado esa decisión (de recibir aportes de Odebrecht y OAS) de espaldas al partido, a los regidores de ese entonces y a los grupos sociales que la apoyaron”.

“No puede pedir ayuda a una mafia para enfrentar a otra mafia, eso no tiene legitimación”, ha cuestionado la congresista Marisa Glave, su exregidora.

Sus excolaboradores coinciden en que hubiera sido mejor perder la revocatoria que manchar toda una trayectoria que desde muy temprano estuvo vinculada a esfuerzos a favor de sectores populares del país.

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Villarán empezó a vincularse a movimientos sociales muy joven, cuando iba a las universidades populares para obreros que impulsaban grupos progresistas. Luego, hizo labor social en San Juan de Lurigancho y se vinculó con partidos de izquierda que apoyaron a Barrantes.

Después ejerció el periodismo y el activismo a favor de los derechos humanos. Llegó a encabezar la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.

En el 2000, fue ministra de la Mujer del Gobierno de Transición. De allí, enrumbó una carrera política en que tienta la presidencia en el 2006 y la alcaldía de Lima en el 2010. Tras el éxito electoral, viene la inestabilidad en el cargo y las fricciones.

Con pocas opciones, se sumó a la plancha de Daniel Urresti en el 2016. Una contradicción para quien era una activista de derechos humanos.

Lo peor vendría después. Llegaría a la cárcel por aportes que reconoció recién cuando ya no tenía mayores opciones.