Política post-escándalo

Como dice el abogado César Azabache, la historia de los casos Odebrecht comienza a cerrarse.

Como dice el abogado César Azabache, la historia de los casos Odebrecht comienza a cerrarse.

El caso Villarán ha barrido a la política de las primeras planas, y lo seguirá haciendo por unos cuantos días. Algunos sostienen que ahora es el turno de Luis Castañeda. Pero es evidente que los casos de corrupción al más alto perfil político se empiezan a terminar. El público no va a mostrar el mismo interés por los casos menores que vengan.

Todavía faltan los juicios mismos, claro. Pero el factor sorpresa que mantuvo la atención al máximo no volverá. Podemos esperar una reducción en algunas de las prisiones preventivas, y penas fuertes en las condenas finales. Como dice el abogado César Azabache, la historia de los casos Odebrecht comienza a cerrarse. Dice más: “desfilarán los personajes y los últimos sucesos por develarse con avances cortos y quizá algunos retrocesos, pero todo susceptible de ser explicado en cuadrantes que ya están configurados. Será sencillo entender lo que siga”.

Para la política, ¿qué pasa después? La hipótesis más difundida ha sido que el escándalo destrozará a los partidos implicados, y que eso se verá en el 2021. En otra más radical la crisis le llegará a justos y pecadores, lo cual producirá un nuevo juego de condiciones para la popularidad, aunque nadie las está definiendo todavía.

En la base hay dos ideas muy diferentes. En una los políticos libres de escándalo se benefician en la comparación. En otra todos los políticos conocidos van a la olla. Debemos suponer que habrá un bono electoral para quienes logren encarnar la lucha anticorrupción, pero eso no es seguro. Sucedió con Alejandro Toledo. No sucedió con Valentín Paniagua.

Las encuestas siguen preguntando sobre la popularidad de los candidatos del 2016, y todavía no sienten necesidad de incluir nombres nuevos en la lista. ¿Cuándo llega ese momento? Quizás demore hasta las inmediaciones de la inscripción de candidaturas. Mientras tanto Keiko Fujimori tiene más o menos la misma popularidad que Julio Guzmán o Verónika Mendoza.

No descartemos una gran decepción, en el sentido de que no aparezca realmente una política post-Odebrecht, y todo lo sucedido se consume en un hipo. Hay cosas que aprender de la marea moralizadora del año 2000, todavía con más presos que los de ahora. La política democrática estaba ansiosa por retomar los términos de su normalidad.

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