Amo a mi alcalde

Eloy Jáuregui
14 May. 2019 | 05:23h

Mi ciudad necesita de un reconstructor sabio, un ordenador culto, un organizador humanista.

Un alcalde para una ciudad como Lima no solo tiene que ser un gerente en bicicleta. Ni un tecnócrata gélido con apenas corazón tibio.

Dirigir una megalópolis como Lima no es solo llegar después de los incendios a ordenar los escombros. Ni es diseñar playas de estacionamientos en los sótanos. Mucho menos angostar las calles sin plan. No.

Lima no es una empresa ni una fábrica. Es una urbe contrahecha que agoniza, un emporio de contrasentidos, una villa caótica, una metrópoli a punto de expirar, una localidad sin escape, un nudo sin punta. Y que no necesita un chief executive officer. No.

Lima así es la capital más provinciana de todo el Perú. Un cruce de caminos, un conglomerado de culturas, un amasijo surrealista de discursos, un sitio intolerante para el goce vivencial, una polifonía de estruendos, un mural de lamentos, un tinglado de bandidos, un dispensario de bribones.

Estando así de dramáticas las cosas, Lima no necesita del voluntarismo de un criollito epidérmico de vocaciones y apegos o de un brigadier clasemediero con fuete. No, mi ciudad necesita de un reconstructor sabio, un ordenador culto, un organizador humanista, cierto, que hoy no lo tiene.

No le pido ser honrado ni sacrificado ni transparente. Solo le exijo que entienda la historia. Que sepa del valor de su reto. Que si no sabe, pida ayuda. Que se ponga a trabajar y que sea solo Alcalde, por el amor de Dios.