¡Todo el poder a los algoritmos!

Diego García Sayán
09 May 2019 | 0:15 h

Nada más fácil que buscar a través de Google un dato, fuente bibliográfica y hasta enrevesados conceptos jurídicos.

Nada más fácil que buscar a través de Google un dato, fuente bibliográfica y hasta enrevesados conceptos jurídicos. Asunto resuelto en pocos segundos. O buscar, a través de Facebook, a una persona cuyo correo electrónico no tenemos y que seguramente estará entre los más de 2 mil millones de usuarios facebookianos. Simple y rápido. O, finalmente, poder publicar, sin restricciones, un artículo. Muy democrático… pero con problemas.

Junto con los fantásticos y positivos resultados de estas modalidades de inteligencia artificial, que usan más de 3 mil 500 millones de personas en el mundo, vienen de la mano enormes peligros que están ya tan presentes como las cualidades y virtudes que arrojan esa sucesión de fórmulas matemáticas e instrucciones secuenciales de los algoritmos. La congresista estadounidense más joven, Alexandria Ocasio-Cortez, ya anunció que se retira de Facebook -su gran arma de campaña- denunciando lo que considera la “amenaza de salud pública” de las redes sociales.

Destacan dos problemas. 

El primero tiene que ver con cada uno de nosotros, como individuos. Gracias a los algoritmos, los gigantes tecnológicos Google, Amazon o Facebook, disponen hoy del activo más importante que tenemos las personas: nuestros datos personales. El brillante historiador israelí Noah Harari ha puesto el dedo en la llaga sobre cómo estamos vendiendo nuestra alma a estos emporios tecnológicos. Allí se sabe cómo somos, qué nos gusta o desagrada en materia política, estética, culinaria; o lo que fuera. 

Con ese inmenso poder de información se puede modular conciencias y orientar más eficazmente propaganda de cualquier orden sobre miles de millones de personas a la vez. Y, cosa curiosa, sin que de este fenómeno se hable en las campañas electorales con la prioridad que la gravedad del tema aconsejaría. Harari destaca, por ejemplo, cómo en la última campaña presidencial estadounidense de este ni Trump ni Clinton hablaron.  

El otro peligro es el de la inmensa fuerza, sin control ni límite, de millones de páginas o mensajes con noticias falsas (las fake news), campañas difamatorias y de demolición basadas en mentiras, hasta la divulgación en vivo y en directo de ataques terroristas. ¿Quién y cómo regular estos medios para proteger a la gente pero, ojo, sin afectar la libertad de expresión? Esa es, acaso, una de las preguntas contemporáneas más trascendentes.

En esto es evidente que una “autorregulación”, aparentemente, neutra no sería otra cosa que darle a los funcionarios de estos gigantes tecnológicos un poder superior al de varios Estados juntos. ¿Con qué criterio, además, puede un cerebro en Silicon Valley detectar una campaña difamatoria o de odio en Perú o Bután tan a tiempo como para cortarla antes de que pueda diseminarse? Este es un tema que algunos pocos Estados están empezando a atender. 

En la Unión Europea este es uno de los temas de tensión y polémica. Se acaba de aprobar una norma para regular el copyright y los derechos de autor y lo de los links a medios. Habiendo sido materia de grandes discusiones, estos pasos están muy lejos aún de abordar las respuestas a las campañas de odio o difamatorias o el uso de nuestros datos e información. 

El único país de la región en el que este tema viene siendo abordado con visibilidad es Colombia. La Corte Constitucional tiene ya sentencias disponiendo se retiren de las redes ciertas publicaciones injuriosas. A la vez, llevó a cabo la Corte una audiencia para analizar cómo prevenir o mitigar los daños ilícitos. Podría ser un tema interesante para que nuestro Tribunal Constitucional promueva un debate público sobre este tema.