Yo no me río de la muerte

Rocío Silva Santisteban
23 04 2019 | 00:25h

Un suicidio podría ser un acto de dignidad, pero ¿este lo fue? Para mí es una sanción de pena de muerte ejecutada por la misma mano del auto-sentenciado.

La vida vale tan poco en nuestro país.

Un asesinato como el de Luis Choy costó 21 mil soles (pago a “Puerto Rico”, el sicario); el asesinato de Ezequiel Nolasco, dirigente de construcción civil de Chimbote, costó 500 soles. A veces solo vale los cinco soles que cuesta una bala. La muerte es de una cotidianidad banal que no nos escandaliza. Excepto sea el suicidio del ex presidente de la república más arrogante de toda la historia del Perú.

Alan se tira una bala en la sien y un grueso de peruanos exigen ver el cadáver, que abran el ataúd, que exhiban el certificado de defunción, que conste no ser mentira. Esa increíble desconfianza ante una decisión sorprendente —pero no por eso menos plausible— es desconcertante. ¿Por qué algunos peruanos prefieren inventar una inverosímil historia de dobles, escapatorias, histrionismo, médicos corruptos, mentiras ante la familia, que asumir la realidad del suicidio?, ¿por qué esa negación de esta realidad?

Mi hipótesis es que el suicidio de Alan García nos deja ante la impunidad absoluta de un político sobre el cual caían todas las sospechas y que, como dicen los alemanes, “fue un hombre de poder lavado con todas las aguas”. En un país de crisis de presidentes la sospecha es peor que la confirmación del delito porque nos mantiene en zozobra. Y no solo eso: a los peruanos y peruanas nos molestaba profundamente su soberbia, la forma cómo dijo por televisión “demuéstrenlo pues, imbéciles”, a todos nosotros los conciudadanos que lo convirtieron dos veces en presidente del Perú.  

Los crímenes de El Frontón, la matanza de Accomarca, el baguazo, los indultos firmados por Facundo Chinguel, la inmolación de Agustín Mantilla, el perro del hortelano, los 89 muertos en conflictos sociales durante su segundo gobierno, la sonrisa cachacienta, toda esa mole de pergaminos antidemocráticos, se hizo añicos ante la Colt 45. Y nos ha lanzado su cadáver con una carta que busca, ansiosamente, aspirar a ser parte de la Historia del Perú (con mayúsculas).

Un suicidio podría ser un acto de dignidad, pero ¿este lo fue? Para mí es una sanción de pena de muerte ejecutada por la misma mano del auto-sentenciado. Ni siquiera un “dos veces” presidente debió reírse de la muerte.