La justicia soy yo

Editorial
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La personalísima decisión de Alan García.

El suicidio del expresidente Alan García es un hecho lamentable en el marco de los procesos anticorrupción y un hito de nuestra política actual, jalonada por la investigación a líderes políticos acusados de corrupción.

Su muerte afecta hondamente a su familia y entristece a sus partidarios, a los que esta casa editora extiende sus condolencias. Lo sucedido abre una áspera discusión cargada de emociones y razones cruzadas por el deber y el ser, la moral y la política, y la verdad y la justicia. El suicidio del expresidente es un acto personalísimo que puede ser explicado desde las circunstancias por las que atravesó desde las primeras denuncias que lo involucraron en los casos del Lava Jato. No obstante, incluso en la hipótesis de los vicios procesales que lo perjudicaban, que alegó constantemente, no es un acto heroico sino la suprema evasión del cumplimiento de la obligación ciudadana de comparecer a la justicia de los hombres instalada en un régimen democrático. De ello no pueden ser culpados los jueces y los fiscales.

Otros líderes políticos, y varios militantes del Apra, se sometieron a la justicia, alegando inocencia. Es el caso de Keiko Fujimori, Ollanta Humala y recientemente Pedro Pablo Kuczynski. Algunos otros prefirieron eludirla como Alberto Fujimori, que fue extraditado, y Alejandro Toledo, que fugó a EEUU. En estos dos últimos casos, es obvio que la historia no será generosa con la cuestionable evasiva.

La muerte de García por mano propia confirma su deseo de posteridad, una ilusión también entendible en determinados hombres públicos. Sin embargo, preferir el juicio de la historia al proceso judicial de los códigos y magistrados suministra una exagerada apuesta por la trascendencia, una extrema alucinación del valor que cada persona se da a sí misma. Es este caso, el mensaje es también personalísimo: la justicia soy yo.

La trayectoria política de García es compleja, propia de los líderes de una república incompleta. Su recorrido, con aciertos y sombras, es objeto de pareceres ubicados en todas las orillas de la política nacional, incluidos el antialanismo y el antiaprismo. Esa verdad social debe ser aceptada con humildad; por lo mismo, la muerte del expresidente no puede utilizarse para arrasar cualquier atisbo de crítica, sometiéndola al simbolismo de una pretendida inmolación, culpando de lo ocurrido a quienes difirieron de él. Su ataúd no debería ser una tribuna política donde se ceban algunos líderes partidarios, incluso sobre la prudencia y el dolor de sus familiares.